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350 Y esto ya lo dijo nada menos que el Código de Manú: U n hombre completo se compone del hombre y de la mujer. Difícil es que cada cual encuentre la horma de su zapato. Pero raro es el zapato que no se aviene más que con una horma. La esposa honrada, fiel, amante, cariñosa y buena no es, como se cree, un mirlo blanco; ó el matrimonio es una jaula universal tan rica, que está llena de esta clase de I mirlos. Lo que hay es que lo raro y excepcional mete más ruido que lo com ú n y ordinario. Esto lo vemos todos los días. Como decía el otro: Uno que chilla se oye más que cien que se callan. E n materia de muertes, por ejemplo, abrimos un periódico y encontramos á los suicidas en la sección más interesante, entre las noticias, mientras que á los fallecidos de muerte natural los ponen despreciativamente allá d e t r á s entre los anuncios. E l matrimonio, que siempre es feliz en sus comienzos, puede seguir siéndolo hasta el final. Pero hay que aprender á ser feliz, como á beber agua azucarada. Respetando el dulce residuo que queda en el fondo de la copa, porque él endulzará toda el agua que bebamos más tarde. Nada de rebañar el fondo azucarado de la luna de miel. Conste, pues, para satisfacción de mis lectoras, que soy entusiasta, partidario y propagandista del matrimonio. P a r a mí el matrimonio es el primero de los sacramentos. Aunque esto sea contar al revés. III H a y mucho de convencional en el tipo clásico de la suegra. Así como en tiempos de Planto las cabezas de turco de la sátira romana eran el milex gloriosus y el parásito, sin que por eso pueda asegurarse que todos los legionarios eran fanfarrones, ni que fueran pegadizos todos los jóvenes que vestían la toga pretexta, la sátira actual (mal digo, la sátira anticuada) maneja como inagotables resortes cómicos á la suegra, al maestro y al cesante, como si no hubiera suegras aceptables, n i maestros bien retribuidos, ni cesantes que no se roen de hambre los codos. Aquí estoy yo, que soy cesante, sin ir mas lejos. Quiero decir que soy cesante y no paso de ahí, porque no cobro cesantía. A pesar de lo cual no me como los codos, ni siquiera las uñas, que es la menor manifestación de la antropofagia. Y pasando del gremio de cesantes, al cual pertenezco de derecho (si bien no de derechos pasivos) al gremio de suegras, con el cual no me unen relaciones yernocráticas de ninguna clase, juro, á fe de soltero honrado, que no conozco á la suegra- tipo, ni he visto en las mejillas de ningún casado la huella de las uñas político- maternales. Rompo, pues, con el mayor gusto m i tercera lanza en favor de las suegras, como he roto las dos anteriores en pro de las niñas y de las esposas. E s t a fazaña mía ha de eclipsar, seguramente, á todas las de Suero de Quiñones. Pero seamos lógicos. Cuando hacemos el amor á una mujer, lo primero que la decimos e s ¡Viva t u madre! Cuatrdo nos casamos decimos á nuestra esposa: ¡Tu madre es insufrible! Convengamos en que el casamiento de una chica no puede alterar de ese modo las condiciones morales de su mamá. Además que, contra toda clase de preocupaciones, la buena amistad entre yerno y suegra está garantizada por la ley fatal de atracción entre los sexos opuestos. No es que yo quiera curarme en salud n i ponerme bien con el gremio de suegras, ba- jo el cual he de padecer, la epístola de San Pablo mediante. Cuando yo me case he de mandar hacer dos letreros. u n o para mi corazón: ¡Viva mi dueño! Y otro para mis costillas: ¡Viva mi suegra! LUIS ROYO VILLAIÍOVA. K