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LA NIÑA, LA ESPOSA Y LA SUEGRA perar de su hija más que monadas y oportunidades. La Historia, en cuanto á la niñez, ha sabido también distinguir de sexos. La espada del Ángel exterminador atravesó el pecho de todos los primogénitos de familia egipcia, pero no tocó á las niñas ni el pelo de la ropa. Heredes mandó acuchillar á todos los niños de Judea, pero ni siquiera una niña pereció en la Degollación de los Santos Inocentes. Cuando Faraón arrojó al Nilo á los infantes israelitas, pasó tres cuartos Áe lo mismo. Y, sin embargo, los moralistas y filósofos de todos los tiempos, según se expresan hablando de la mujer, hubiesen obrado de otro modo á tener cualquiera de esas tres espadas. ¡Pobres niñas! Apenas nacen, ya sienten el primer martirio con el pinchazo que abre en sus orejas el agujero para los pendientes. Sin duda el comadrón quiere acostumbrar la oreja de la niña para los posteriores pinchazos de la adulación. II Compadezco á los célibes, en cuyo inútil gremio tengo el honor de contarme, por ahora. Eso de pasarse la existencia siendo en las fondas el caballero del número 2 ó en las casas de pupilo el huésped del gabinete podrá dar mucha libertad, pero es una libertad mal entendida. Como la Liberté j Egalité y Fraternité de la bandera francesa, según el calémbourg famoso: Liberté, ¡point! Egalité, pointf Fraternité, ¡point! Una esposa no es á menudo más que un paño de lágrimas, pero no hay en el mundo paño que más enjugue. Que la luna de miel pasa pronto; que la más hermosa se aja, y el talle más esbelto se convierte en ridículo corpanchón Todo ello es muy doloroso cuando los nenes brillan por su ausencia. Pero, en otro caso, ¿qué importa que el árbol se encorve, cuando se encorva al peso de los frutos? Si la mujer es la bella mitad del hombre, claro es que el hombre no está completo más que cuando se casa. ¡Líbreme Dios de afirmar con Michelet que la mujer, desde que es mujer, es una enferma y mucho menos de asegurar con el malhumorado Schopenhauer que la mujer es un ser de cabello largo y entendimiento corto Basta con parar mientes en la faz sonrosada y en el agudo y precoz ingenio de cualquier niña para comprender que el historiador francés, lo mismo que el filósofo alemán, entendían poca cosa de faldas. Y es que los hombres estudiosos se vengan con el sexo bello de las rechiflas y desaires que sufren en la vida de sociedad. El filósofo que se pasa la vida entre premisas y silogismos, ya negando la mayor ya negando la menor ¿cómo ha de competir con el gomoso, que está por las mayores y las menores, prefiriendo á la rigidez escolástica la alegre filosofía del Me gustan- todas que hizo popular El Joven Telémaco? ¿A quién no le gusta la niñez? Y sobre t o d o ¿á quién no le gusta la niñez femenina? Los chicos suelen ser díscolos y traviesos; su inteligencia es tan perezosa como madrugador su mal instinto; el que á los diez años no fuma, ha sido ya á esa edad la alegría del vajillero de la casa y el tormento de los vecinos del piso de abajo. Pero i las niñas 1 Yo tengo puestos los ojos en las niñas, como otros tienen las niñas en los ojos. Una niña es la alegría de una casa. El superior instinto mujeril guía de tal modo sus palabras, que un padre, siempre temeroso de que su hijo cometa inconveniencias, no debe es-