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345 Por ser toda ella armonia y sencillez y familiaridad y candor- -hasta su estilo literario, maravilloso en sus castizas incorrecciones, -ha fracasado y fracasará siempre el inteijto de identificar á Santa Teresa con las poseídas y las energúmenas y las tentadas de espMtu y las alumbradas de su tiempo: las Marigómez, las Catalinas de Jesús. Entre el murillesco rompimiento de gloria que rodea su imagen, Teresa parece una de esas Concepciones que purifican y encielan, con su extática actitud, el gran misterio femenino del amor. A otra monja. Sor Catalina de Brauso y Pérez de Galarraga, no podemos darle por característica la normalidad. Con razón se la ha calificado de fenómeno antropológico. No lo es por su rara bizarría y valor militar: que heroínas sobran en España, y las invasiones y terribles asedios que padecimos dieron lugar á que las mujeres realizasen con sus débiles manos nunca oídas proezas. Mas las otras heroínas se diferencian de Catalina de Brauso en que lo fueron accidentalmente, compelidas por las circunstancias, mientras la Mmja Alféi ez, halcón criado en nido de tórtolas, no pudo volar sino en el ambiente donde se respiran emanaciones, de pólvora y sangre. A los dieciséis año. s, Catalina, ya monja profesa, se ahoga entre los muros del convento; logra evadirse, viste hábito de varón y pasa á América, y se arroja de cabeza á la vida militar, tomando parte en las rudas guerras de conquista del territorio indiano. Nadie sospecha su verdadero sexo. La ayudan á disimularlo la dureza de sus facciones, propias de la raza vascona, cortadas en planos rígidos y trazadas con líneas rectas; lo aventajado de su estatura, y lo raso de su tabla de pecho, porque aquella Clorinda, enemiga de todo signo de debilidad, con raro instinto, desde muchacha se había dejado tamañitas á las amazonas, aplicando á sus dos senos un emplasto que los allanó y secó. Sus hazañas la distinguen, y de soldado raso sube á alférez: el capitán Guillen de Casanova la elige para las salidas más peligrosas; su cuerpo está acribillado de heridas, que cura en secreto, por no d. escubrir el enigma de su ser; y sólo cuando se ve á punto de muerte, desangrándose, lo revela al Obispo de Guamanga, y salvada por milagro, va á arrojarse á los pies del Papa, implorando el perdón por haber violado el voto de clausura. Sólo el de bien las flaquezas, no del sexo, sino de la humanidad. Trae la espada bien ceñida, y así la vida dice de Catalina Pedro de la Valle. Este Aquilea hembra, esta virago, es un tipo étnico. Española genuina hasta la médula, religiosa y sanguinaria, la Monja Alférez personifica nuestro espíritu aventurero, fuente y origen de nuestras glorias. Sin rebuscado contraste, la faz viril de Catalina de Brauso realza el dulce rostro de Fernán Caballero (1) otra disfrazada clausura, entiéndase bien, porque la Monja Alfémz no quebrantó los demás, y uno de los rasgos curiosos de su fisonomía moral es la castidad áspera y bronca que supo guardar entre la licencia de los campamentos- y los azares dé la soldadesca vida. Al aplicarse el emplasto del droguero italiano, Catalina suprimió tam- de hombre, pero soló en las letras, y disfrazada tait mal, que para no reconocer el sexo tras el seudónimo habría que ser ciego del alma. Cecilia ¡cuánto mejor la sienta este musical y delicado nombre! es la vaéiS femenina de las cuatro, aun incluyendo á Santa Teresa. Es también la menos española en el carácter, aunque lo sea á macha martillo en los sentimientos, tal vez exaltados en un sentido reaccionario que la castellana Isabel, gran progresista en su tiempo, no aprobaría. La sangre germánica que corría por sus venas predispuso á Cecilia Bohl de Faber, después marquesa de Arco Hermoso, al idealismo y al ensueño. Su mente, revestida de un cristal de cambiantes colores, lo embellecía y lo poetizaba todOi Si Cecilia hubiese sido hombre, y su sexo no la obligase á cultivar ese sentido práctico y esa noción exacta de la realida, d que necesita y posee la mujer, de fijo caerla en empalagoso optimismo literario; se asemejarla á Trueba, su discípulo, de quien ella solía decir con gracia: Escribiendo, Trueba parece la, hembra, y yo el varón. Mas á vueltas de sus labores domésticas y sus limosnas ocultas; charlando, por satisfacer el instinto maternal de la mujer estéril, con los chiquillos, y observando, por costumbre también femenil, la trama de la sociedad y las costumbres del pueblo, aquella soñadora idílica, aquel temperamento á lo Gessner, trajo á nuestras letras la franqueza realista, y se le debió el renacimiento de la novela, entregada como en feudo á Walter Scott. De Cecilia procede Pereda y sus cuadros rurales y acuarelas de la montaña; de Cecilia vienen, en línea más ó menos directa, nuestros costumbristas y nuestros paisajistas mejores; de Cecilia, la suave Cecilia, desciende el f ustigador Padre Coloma. Las cuatro mujeres, tan diferentes en su papel histórico, en sus raras aptitudes, en su biografía y en sus condiciones morales, ofrecen, sin embargo, rasgos que las armonizan y las unen. Las cuatro son en el mismo grado, con el mismo ardor ¿con idéntica, sinceridad, católicas y patriotas: españolas netas. E M I L I A PARDO BAZAN. (1) Fernán Caballero nació en un puebleolUo de Suiza; pero siempre quiso ser tenida por española, insistiendo muolio en la oirounstanoia da que su madre había salido de Dspáña embarazada 3 ra.