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CUATRO ESPAÑOLAS La primera ciHe corona: soberana propietaria de Castilla, reina de Aragón por su consorcio- con Fernando, Isabel simboliza la felicidad política y la ciencia de gobernar y engrandecer á, de Castilla y Teresa de Jesús. Nota dominante en ambas; la rectitud, la salud, el equilibrio admirable y perfecto de las potencias, el valor, la firmeza y, por corona, el carácter sexual, la feminidad clara y poderosamente revelada en todas las manifestaciones de su genio. T en primer término, como distintivo de la condición femenil, la amabilidad, la gracia en el trato, la efusión, la ternura. Puede la misma santidad hacerse aborrecible cuando reviste forma de gélido puritanismo, cuando se muestra seca y antihumana; pero vedla unida á la efusión del alma, al sereno buen humor, á la caridad universal, y os arrodillaréis ante ella y mojaréis con lágrimas la señal de sus pasos. Admiramos en Teresa al psicólogo místico, al émulo de San Buenaventura, al clásico que enriquece el idioma castellano, á la enérgica fundadora y reformadora, á la Doctora y Madre de la Iglesia; pero lo que cu ella amamos es la mujer que habla como ingenua niña, ó como sencilla vejezuela castellana refiriendo junto al fuego consejas j pasadas historias; la enamorada del cielo, en cuyos labios ardientes se depuran las cláusulas del viejo epitalamio oriental; la que compadece al demonio porque no ama, y define el infierno, no por sus torturas, sino por la ausencia del amor; el corazón inmenso, en que caben juntos los dolores humanos, y tieneti lugar un pueblo, practicando las enseñanzas y máximas del Cristia. nismo en toda su pureza y sublimidad. Lo más simpático y precioso de Isabel (rasgo, por otra parte, frecuente en las mujeres extraordinarias que España produjo) es su normalidad física, intelectual y moral. Mnguno de sus dichos y hechos puede calificarse de extravagante, violento ó caprichoso: son sus afectos y movimientos psíquicos naturales, claros, puros como el agua de limpia fuente. Intrépida guerrera cuando recorre al trote de su alazán los reales de Málaga y Granada, se convierte en hilandera paciente y humilde cuando quiere dar ejemplo de laboriosidad y modestia volteando el huso. Magnífica en las solemnes ceremonias, es en su casa ejemplo de sencillez. Generosa hasta despojarse de todo lo que posee á ñu de alentar vastos planes, economiza estrictamente en el gasto diario, y á cada dobla que ahorra piensa que ahorra al pechero una lágrima. Es siempre reina: no olvida jamás su cargo, y, sin embargo, tiene liogar; en el palacio de los reyes de Castilla y Aragón arde el fuego sagrado de los dioses Lares. Creyente y llena de fe, con derecho á la severidad por la santidad de su vida, Isabel practica la virtud esencialmente cristiana de la tolerancia; no es su mano la que atiza el cruel brasero. No creáis que no late bajo su blasonado corpino un corazón de mujer, de amante, de madre apasionada. La infidelidad del esposo, la muerte del hijo, la trágica demencia de la hija, le traspasan como agudos clavos; pero la herida no se ve. Isabel llora en secreto; sabe que tiene que sustentar un inmenso edificio: el imperio español, que ella dilató más allá del Océano, y que sus hombros femeniles son hombros de Atlante. Moralmente, cuando ella muere empieza á desmoronarse España. Si el sentido sálico no trascendiese hasta á los extremos de la piedad, se vería que antes de pretender canonizar á Colón, debiéramos ceñir con la aureola de la santidad la cabeza de Isabel. Canonizarla serla interpretar la convicción de nuestros espíritus, que coronan á la abogada de la patria de estrellas inmortales. En los altares se eleva la efigie de Teresa Cepeda, la paloma, el serafín encendido, el profundo filósofo del amor, el maestro en teología mística, el poeta del éxtasis. Con destinos tan diversos, no hay almas más semejantes, más gemelas que las de Isabel y acogida, no sólo los pecadores, sino los herejes; corazón atravesado por el dardo de llama del casto deliquio, y en el cual, muchos siglos después de helada la sangre que lo hacía latir, todavía el fuego se desborda y cria las espinas de la corona pasional, las espinas de Cristo.