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335 como bajo en alguna modesta compañía veraniega, y al fin, á los seis años de su casamiento, y cuando ya tenia tres hijos de su Paca, recibió una proposición ventajosa para Buenos Aires. En medio año iría y volvería, ganando un montón de pesos. La proposición era tentadora; pero Paca no quería separarse de su maTido, y no era posible que con él fueran ella y sus hijos. El corista, que muchas veces había cedido ante las razones de Paca, se mantuvo firme, ilusionado con la idea de salir de la ínfima categoría de corista y con la ganancia segura que iba á obtener. Firmó la escritura, dejó á la Paca quinientas pesetas que; le había adelantado la Empresa, y se fué á Buenos Aires. Cuando Paca, resignada, pero no. convencida, le despidió, díjole: -Adiós, mi esposo querido, padre amado de mis hijos; tengo el presentimiento de que este viaje será nuestra desgracia. Dios quiera que mé engañe. lío se engañaba. El corista no volvió. E n Buenos Aires logró una grande ovación desempeñando la parte de Don Basilio en El Barbero de Sevilla, y aquella noche venturosa, como no estaba allí su Paca, se dejó llevar á una juerga en celebridad de su triunfo, y á la mañana se retiró á la casa donde se hospedaba con otros de sus compañeros. Cuando quisieron despertarle para ir al teatro, el desgraciado artista no los conoció La congestión cerebral le mató en pocas horas. PaY la Paca volvió á encontrarse sin recursos, pero con tres hijos. Amaba la excelente madrea su marido y lloró amargamente su desgracia. ¿Qué hairé? -se preguntaba en mediff de su desolación, contemplando á las tres inocentes criaturas que tenia obligación de mantener. Intentó trabajar, pero era tan escaso el fruto de su trabajo de costura saba las noches en vela mientras dormían sus- hijos, trabajando nerviosamente, y este- trabajo, de ínfimo producto, minaba su salud... Los hijos se quedarían. pronto sin madre. Esta idea la. enloquecía. ¿Qué sería de los tres niños sin madre? La pObre mujer seguía privándose del sueño y del alimento, y se sentía morir. Una mañana, Cuando ya estaba. resuelta á pedir para sus hijos albergue en un asilo de caridad, pensó, en medio de su fiebre, qué ella también podría ser corista. Mejor sería ser corista que lo que le había propuesto una vieja de la vecindad. Esta vieja le había dicho: -Hija miá, si yo tuviera los años y la cara que usted tiene, no pasaría apuros, ni tendría á los chicos muertecitos de hambre. íío sea usted tonta. No era tonta, pero era honrada; conservaba en el alma la memoria, del padre de sus hijos, y antes entregaría estos hijos á la caridad, y ella se dejaría morir, que vender su marchita hermosura. Dios se compadeció de tanta desdicha, y un empresario galante y aficionado á lo bueno la contrató. La Paca formó parte del coro de una compañía de zarzuela alegre. Más que por su voz por su buena presencia, el empresario le asignó doce reales por f anoión, con promesa de aumentar este sueldo. Y todas las noches puede el lector, si vive en Madrid, ver á la Paca en el coro del teatro de luciendo los mis caprichosos trajes, enseñando las piernas, por exigirlo así el gusto de la parte más numerosa del público, y alguna vez se ve obligada á brincar y saltar al compás de la música. Con los doce reales la Paca y sus hijos viven, y éstos están cada día más hermosos, y ella ha mejorado de salud notablemente, y su melancólica belleza tiene indefinible encanto... Es la corista más perseguida de los galanes de todas cataduras que frecuentan el teatro. Raro es el día que no tiene que oir Paca proposiciones de algún enamorado, y si ella no Juera tonta, como dicen sus compañeras, en coche de dos caballos la veríamos en el Retiro y la Castellana. Paca oye á sus adoradores, y con una amarga sonrisa contesta á las proposiciones que le hacen: