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Funes soltó una carcajada y fué á recoger su sombrero; pero el catalán, que veía perdido el pantalón y el chocolate, se arrojó sobre Funes como un tigre, y en menos de lo que se cuenta le pegó tres puñetazos seguidos en la nuca. Después cogió un plato y se lo rompió en la cabeza. Funes, sorprendido por aquel aluvión de golpes certeros, quiso huir y metió el pie dentro de un saco de noche que había abierto una viajera para sacar una toquilla. La dueña del saco lanzó un grito; Funes retiró el pie precipitadamente, pero en aquel momento el esposo de la viajera le dio un empujón formidable, y Funes cayó desplomado encima de un sacerdote que estaba ajustando un pollo asado, cerca del mostrador. Cuando, restablecida la calma, regresamos al tren, Funes presentaba varias erosiones en la fisonomía y un chichón en la frente del tamaño de una berenjena. Triste, abatido, se ocultó en uno de los rincones del carruaje, y allí hubiera permanecido hasta el fin de nuestra expedición si yo no le hubiese animado con mis bromas. ¿Qué es eso? -le dije. ¿Te vas á morir porque te hayan dado media docena de mojiconesí ¿Va á concluir nuestro buen humor por un lapo más ó menos? ¡Ea, arriba! Ya verás cómo nos divertimos. Estábamos cerca de Chinchilla, y mi pobre amigo abrió los ojos, tratando de sonreír. Yo, entonces, cogí el sombrero y me lo puse, para excitar su regocijo. El tren se detuvo en la estación de Chinchilla, donde otro tren esperaba el cruce con el nuestro para continuar su marcha. -Mira, mira cuánto viajero- -le dije á Funes, bajando una de las ventanillas del coche. -Sacude el mal humor, chico. Ya verás qué broma vamos á dar á nuestros vecinos. Entonces tuve una idea verdaderamente original: la de ponerme el sombrero y asomar la cabeza por la ventanilla, á fin de divertir á los viajeros del otro tren; pero con aquellas enormes alas me era imposible asomarme, y tuve que sacar antes la cabeza; después saqué el sombrero de canto y me lo encajé hasta el cogote sujetándomelo fuertemente con el barbuquejo. Al verme los del otro tren soltaron el trapo, y yo me consideraba feliz con el buen éxito de mi broma. De pronto, el otro tren se puso en marcha. -Toma, mamarracho- -dijo un viajero de los que ocupaban los primeros coches; y me soltó una bofetada. Tras aquel coche venía otro, y luego otro, y después otro; y en todos ellos había algún viajero infame que al pasar me saludaba con un bofetón ó un capirotazo. Yo quise retirar la cabeza precipitadamente, pero las enormes alas me lo impedían, y por otra parte, los certeros golpes que descargaban sobre mí aquellos verdugos, no me dejaban tiempo para desatarme las cintas con que me había sujetado el sombrero debajo de la barba. ¡Granujas! ¡Miserables! -gritaba yo. ¡Toma, toma! -contestaban los del tren que partía. Un viajero de tercera quiso sobrepujar á todos sus compañeros en salvajismo, y ¡pum! me rompió un botijo en la cabeza. Entonces perdí el sentido. Cuando volví á la razón. Funes me contemplaba con ojos tristes, y señalándome el chirlo de su frente, habló así: -Desengáñate, Celedonio, las personas alegres somos muy desgraciadas. Y D. Celedonio, al decir esto, dejó caer la cabeza melancólicamente, murmurando: -Desde entonces, antes doy cinco duros que una bromita. LUIS TABOADA.