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327 El TÍO Vivo, las tortillas De escabeche y las rosquillas De la clásica Javiera? i Y aquel bullicio infernal Del baile no interrumpido, Y el vino aquel, redimido Del pecado originall La gritería, el tropel. Que es de la fiesta el encanto, ¡Y aquellos pitns del Santo Con lasfloresde papel I Una semana completa De divertirse y gozar; Luego el triste regresar. Se van sin una peseta! Pero eso no importa; el quid Está en decir: ¡habrá primos! I Poco que nos divertimos Por San Isidro en Madrid I Por piadosa devoción, Y dando cristiano ejemplo, Abre sus puertas el templo Por la tarde á la oración, y al morir la luz del día, Del incienso entre la nube. Se oyen voces de querube, 1- lenas de dulce armon a. ¡Bs un hermoso cantarl Bajos y humildes los ojos. Postradas todas de hinojos Ante el ara del altar, ¡Con cuánta melancolía, Y qué bien- -sin previo ensayo- -Cantan las Flores de Mayo Las devotas de María 1 I Mes de Mayo, no es extraño Que seas, el predilecto! J 5 res el mes más perfecto De los que forman el año. Y entre tus mil perfecciones. Hay una que es de primera: ¡En Mayo no hay un hortera Que padezca sabañones! E. GÓMEZ DE AMPTTEKO. BROMITAS ¡Ay! -nos decía D. Celedonio; -yo he sido víctima de mi temperamento alegre. Hoy me he convencido de que el hombre no debe abusar de su buen humor. A mí me han ocurrido cosas muy serias en este mundo; Esta cicatriz de la quijada me la hizo un diputado provincial de Huelva, á quien quise dar una broma inocente: mojé el dedo índice en el tintero y se lo pasé por la nariz; él se puso furioso, y cogiéndome por el cogote, me arrojó contra un pupitre. Pero lo más grave fué lo que me sucedió en un viaje que hice á Valencia. -Cuente usted, cuente usted- -dijo uno. -Salí de la estación de Atocha con mi amigo Funes, hombre, como yo, de genio divertido y aficionado á todo género de bromas. Yo llevaba un sombrero de paja enorme, que pensaba utilizar en la playa del Grao durante la época balnearia. Como no cabía en el baúl ni en ninguna parte, lo habíamos colocado en la rejilla del coche, y todos cuantos viajeros entraban en el mismo quedaban admirados al ver aquellas alas formidables. Funes, que era lo más gracioso del mundo, decía entonces: ¡No se alarmen ustedes! Este sombrero es inofensivo, y lo llevamos como un recuerdo de familia. Con este sombrero pensamos hacer muchas conquistas. Miren ustedes. Y Funes se ponía el sombrero y comenzaba á pasear por el coche, contoneándose y excitando la hilaridad de los viajeros. Hasta que llegamos á Alcázar de San Juan, nuestro viaje fué un continuo jolgorio. Funes y yo utilizábamos el sombrero indistintamente para divertir á nuestros compañeros de coche; y cuándo bajamos á tomar chocolate en la fonda, la gente nos rodeaba llena de júbilo, porque Funes había colocado el sombrero en la punta del paraguas y lo hacía girar vertiginosamente, excitado por las risotadas de los mozos de la estación. De pronto, el sombrero, despedido por el paraguas, fué á caer sobre una jicara de chocolate que estaba tomando tranquilamente un viajero catalán. Foío f ffl Z átt. -gritó éste, incorporándose en su asiento y dirigiendo una mirada irascible al pantalón, sobre el cual se extendía el humeante liquido.