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LA VIUDITA De noche, no. Ni siquiera pensaba en ello. Pero de dia, cuando los ruidos de la calle llegaban hasta su habitación, amor- tigaados por la distancia y por los cortinajes; cuando entreabría los ojos á la luz, reposado el cuerpo por un descanso proporcionado á la vigilia y suficiente para aquella robusta juventud, entonces no podía evitarlo; su primer pensamiento era para él. En equilibrio todas sus facultades físicas é intelectuales, el amor no le había heóho perder el apetito, ni había ahuyentado el sueño. Ya lo sabía ella: el amor no causa estragos cuando es un afecto en vez de ser una giosera aspiración. Para Mariana no existían los romanticismos que convierten en ser ideal á un mozo de treinta abriles, vestido con prosaica levita; pero si no creía en los ángeles barbudos, tampoco soñaba con Hércules ni con Apolos. Si le hubieran preguntado, en el caso de que su amor no hubiera sido un secreto, por qué amaba á Pedro, no habría sabido responder; le quería por eso, porque era Perico. Perico, de quien no podía decirse que fuera Periquito entre, ellas, porque no era almibarado, ni galante, ni adusto, ni fej, ni guapo, aunque más bien era esto que lo otro. Reposado en el ademán, alegre en la expresión, vivo sin atolondramiento y serio sin afectación, era Perico un hombre como habrá muchos, pero como ella habla visto pocos. Luego se lo sabía de memoria. Habían sido vecinos tantos añosl (Jomo la amistad era antigua, conservaban la costumbre de tutearse adquirida en la niñez; pero el tratamiento no había sido parte jamás á. que se salvaran las distancias ni á que pusieran en olvido las conveniencias. Tuvo Mariana un como presentimiento de aquel amor en vida del buen Gerardo, no porque pasaran nubes por aquella limpia frente de Mariana; sobre ella jamás se proyectó otra sombra que la de sus ensortijados cabellos negros; tenía el alma muy limpia para que pensamientos de vileza pudieran invadirla. Mas sin saber la causa, la presencia de Perico, mientras Gerardo viviera, le ocasionaba una molestia. Pasáronse los lutos y amenguáronse las penas, atendiendo á los vivos sin olvidar á los muertos. Del matrimonio con Gerardo quedáronle dos hijos á Mariana: Pedrito y Teresina, que llevaban estos nombres por ser los que tuvieron sus abuelos paternos. Teresina, por entonces, vivía más en el colegio que en casa. Sin llegar á la clausura, que priva á los hijos del afecto a hogar, era forzoso resignarse á las conveniencias de una posición más que holgada, y hubo que optar por la media pensión. Esa era la manía y la única tacha de Mariana; creía deberse tanto á lo externo, que por miramientos exagerados estaba en perpetua deuda con su corazón y sus deseos, sin incurrir por tal causa en hipócrita compostura. Tal vez, porque Pedrito, como pequeño, vivía más al lado de su madre, pues, hijo postumo de Gerardo, sólo contaba cinco años, tal vez por eso le quería más. No habla conocido á su padre era muy cariñoso siempre buscaba pretextos Mariana para decirse por qué le quería; nunca se confesó á sí misma que el nombre de su hijo le llevaba al corazón el nombre de Perico; por evitarlo acaso, con misteriosa y santa fidelidad para el muerto, ella misma dejó de llamar Perico al niño; optó por otra desinencia y le decía Pedrito, repitiéndolo muchas veces, como si se complaciera en juzgarse más fuerte por tales niñerías. Sin superstición, le espantaba la idea de que aquel niño, qu no conoció á su padre, tuviera que conocer á un padrastro. Le parecía, al acostarse, que en aquel lecho, compartido con el primer esposo, no cabía un segundo. Ella, que no soñaba nunca, se despertó una ven aterrada; se había visto en la cama entre el vivo y el muerto, con la particularidad de que Gerardo estaba vivo y Perico difunto. Encendió luz y se puso á rezar de todas veras con una fe extraordinaria, para que Dios apartara de su alma aquel amor que le sabía á profanación. Ya entrado el día se levantó, y estando con Pedrito sobre las rodillas, le anunciaron la visita de Perico. -iOimo tan temprano? -le dijo; y al hablar le temblaban los labios. -Vengo á despedirme, Mariana- -replicó Perico con aquella seriedad tan cariñosa, habitual en él. -Me voy esta noche á Alemania; es un viaje de puro recreo. ¡Pero si tit no sabes alemánl- -objetó como afectuoso reproche la viuda. -Así lo aprenderé, y eso saldré ganando. -j í te vas á Alemania? -preguntó Pedrito, que de las rodillas de Mariana había pasado á las de Perico, cuya corbata sobaba con las sonrosadas maueoitas. -Si, á Berlín; te traeré muchos juguetes, si vuelvo. A Mariana se la hizo un nudo en la garganta y no articuló palabra; pero el chico, dando una nota cuya intensidad no podía medir, exclamó: -I Anda, y te marchas tan lejosl Yo que soñé la otra noche que te casabas con mi mamita Mariana quedó aterrada. El muchacho, con sn ingenuidad infantil, había planteado el problema. Perico contestó tartamudeando por primera vez en su vida: -Eso no puede ser, vida mía. -I Toma! ¿y por qué? -Porque no me querría tu madre. Y Perico, al hablar asi, se echó á llorar como un nifio. ¿Que no? ¡Más que á mi vida!