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306 (Pausa. -Pues, si. -Sí, si. ¿Y qué hacen ustedes ahora? -Pues nada. (Pausa. (Un reloj dorado que tiene dos figuras, un paje y una dama que dice que s ¿cuando da la hora, señala las tres. ¡Ay, pero cómo nos estamos! Al lado de ustedes pasa el tiempo de una manera Anda, niña... -Pero, ¿se van ustedes? -S i si, que luego Gómez quiere el cocido á las siete, y si no está á esa hora, se tira de los pelos en su despacho ¡Quién tuviera un marido con mucho sueldo, y en Filipinas! Empiezan á besarse á dos carrillos, salen á despedir visita á la escalera, y dura la despedida una media hora. Nuevos besos, y parten doña Gertrudis y la Purita. Las niñas de Bermúdez asoman el pescuezo por encima del pasamanos, y no se retiran hasta que, ya desde el portal, dice doña Gertrudis: ¡Métanse ustedes! Pero falta la segunda parte de la escalera: corren las chicas al balcón, y desde él saludan, hasta que la visita ha llegado lo menos á la Puerta del Sol. Después signen doña Gertrudis y Purita el itinerario trazado, y emplean la tarde en hacer visitas tan importantes como la anterior; pero ¿y el gusto de poder hablar de las relaciones, de los numerosos conocimientos? Y hay muchas personas que tienen una verdadera manía por la sociedad. Conozco yo á un tal ü Simón, apreciable sujeto, que no tiene más vicios que viajar en el Salón Express, y tutear á todo el mundo, empeñado en haber visto nacer á media humanidad. Es de los tipos que se las echan de protectores; de los que dicen: Pues nada, no se apure usted, hombre, que malo ha de ser que entre tanta gente como conoce uno, no le saquemos á usted algo. Aquí tiene usted una tarjeta. Es la mejor recomendación. Luego sucede que lleva usted esa tarjeta, que usted con. sidera como talismán, á la persona á quien va dirigida, y ésta le contesta: ¿Y quién es este señor Pérez? En mi vida le he visto. Hay otros que se dedican á averiguar los íntimos de todas las personas más 6 menos notables, y á éstos se dirige usted, porque suele decirle algún amigo: ¿Conque tú quieres una recomendación para Gómez? ¿Sabes quién puede dártela? Un amigo mío, que es intimo del íntimo de Gómez. ¡Con toda seguridad! A él no le puede decir que no, porque le curó el sarampión cuando pequeño. Y hay muchos que se desviven por liacer favores, y se hacen cientos de tarjetas, volantes, papel timbrado, y á cada momento, á la menor cosita, le mandan á usted su tarjeta, con una recomendación en que, como argumento de fuerza, le dicen á usted: ¡Es cosa mía! Y á veces piden un destino que para sí quisiera poder pedirlo quien envía la recomendación. Pero en cambio las relaciones son muy útiles. Queda cesante uno de esos relacionados con toda la sociedad, y le dicen los amigos: ¡Hombre, no te apures! Tú estás bien relacionado, y no te faltará nada. ¡Si fuera yo, que no conozco más que á Cánovas por las caricaturas! Y sucede que el interfecto se anima y escribe una carta á una de sus mejores relaciones, pidiéndola cinco pesetas, y él espera que el dador las traerá inmediatamente, y el dador lo que hace es traerle la mala noticia de que aquella relación ha dicho que, dando un duro, se pierde el duro y el amigo (tecnicismo puro) Mi hombre se desespera, y después de no encontrar un amigo que le dé un duro, el sereno, compadecido, lé dice: ¡Señuritti, tome tres ipesetiLa, purque he sabido la desgracia! ¡Bendita sea tu relación! Luis GABALDÓÍÍ.