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PERSONAS BIEN RELACIONADAS ¡Mamá! ¡Hija mía! -J Qaé calma tienes! ¿No sabes que hoy es mie rcoles, y reciben las de Bermúdez? ¡Oh, qué cabeza! ¡Las de Bermúdez! ¡Nuestras mejores amigas! ¡Juliana! ¡Juliana! Mi vestido, mi sombrero, mi abrigo; de prisa. ¡Qué dirán las de Bermúdez si llegamos á las tres y pico! ¡Seria una falta imperdonable! Y eso qué. tenemos muchísima confianza ¿Estás ya, niña? ¿Has metido el pajarito dentro? ¿Llevas los cinco céntimos para las obras de caridad? ¡Adiós, Juliana! No abra usted la puerta sin mirar antes por el ventanillo y eche usted el cerrojo y la llave Dice El Liberal que ayer atracaron áuast criada Si viene mi esposo, que se espere ¡Ah! y que vaya á comprar la Eevalenta, y... -nada más. Las de Bermúdez: ¡Queridas! ¡Tanto bueno por aquí! Pasen, pasen ustedes á la sala. ¡Flora! ¡Flora! ¡Este i emonio de muchacha, siempre que sale á cualquier recado, tarda dos horas! Le digo á usted que los dichosos novios ¡Ay, Jesús, qué demonio de chicas! ¡Mamá! ¡Mamá que están doña Gertrudis y Purita! La mamá de las de Bermúdez abandona, por las exigencias de la sociedad, la comodidad de su butaca, donde estaba acariciando al morrongo, entre las alternativas de un catarro crónico y los puntos de la vulgar calceta. A la mamá siguen las tres niñas, pálidas y anémicas. Entran en la sala tiritando todas de frío, porque aquello es una nevera, y no se abre más que en los ceremoniales de rúbrica. La visita ocupa el sofá de ordenanza, sin arrugar las cubiertas de crochet, y comienza una interesante conversación: -Y usted, doña Gertrudis, ¿cómo anda de eso? -Así, así. ¿No notan ustedes frío? -Así, así.