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304 -Caballeros, es la, escuadra inglesa; la conozco como si la hiihiera eriao. ¡Qtis no heha más que agua en toa mi vio. si dentro de dos minutas TW guipamos el pabellón ingrés! En efecto, las palabras del ex náufrago no tardan en tener confirmación. Las Yolatas de blanco humo que se escapan de los flancos de la Capitana, y el sordo tronar de los cañones, denuncian la presencia de la escuadra por toda la población. El pabellón británico flota en todos los mástiles. En el muelle, entretanto, ocurre una escena de tonos vivisimos. La escalerilla de piedra que da acceío á la explanada de la Farra eslá literalmente ocupada por una multitud heterogénea. La presencia de la escuadra extranjera ha hecho abandonar momentáneamente de los Fornos, figones, holiejies j tabernas (diversas manifestaciones del comercio de vinos de Málaga) á sus sempiternos concurrentes. La gente de la Escalerilla, que así se denomina á los que viven con, de, por y sobre los marinos extranjeros, ocupan posiciones estratégicas. Para ellos, esa escuadra representa lo que para un empresario por horas una tiple de gracioso mohines y dulce mirada. Puede decirse que para un marinero que desembarque en bu ca de emociones fuertes, hay un intléoUe de lenguas vivas é imaginación más viva todavía. Toda la ciencia políglota de estos sujetos se reduce á tres ó cuatro vocablos, con los cuales hacen verdaderos prodigios. La cátedra está al alcance de todas las fortunas. Una faliia inglesa se acerca, y el marinero de p oa, después de rechazar con el bichero las bordas de las numerosas embarcaciones que obstruyen el paso, concluye por enroscar el garfio en la iern! i de algún descuidado, que, á no tener brazos amigos que le dei; engan, quizis se sumergiera eu el líquido elemento. Cien manos amigas se apresuran á estrechar las voluminosas de aquellos gigantescos anelo- fajones, que con una indifereaoia y orgallo e- icclusivamente britáaicos contestan con un yes prolongado á las ofertas de los intUpifcs. Estos se agarran á los brazos y chaquetas de los yanis, como ellos llaman á los ingleses, y quieras que no, los condacen, cual hilo de Ariadaa, al intrincado dédalo de tabernas. Aquí el lenguaje sobra, y el vino es poco para lastrar los estómagos sajone Los intlépites acudená la mímica, lenguaje socorrido en todos los países cuando el idioma flaquea. La gente de la JSicaleriUa, como buenos meridionales, posee muy escasa provisión de paciencia. Suena la primera gnfetá, y esta es la señal del cataclismo. Todo el continente y oonteni lo de la taberna, bebedores, curiosos, tabernero, vasos, escaparate y otras menudencias, sufren una sacudida. Luego, cuando un ejército de serenos y agentes de policía ha hecho la clasificación de los ilesos y heri- dos, se contempla un curioso espectáculo. La gorra de seda de uno figura en la rubicunda oaheza de un yani, que se siente rata por la raíz del cabello, en tanto que el dueño de la goria se cubre el cráneo con el monumental casco blanco del tripulante. Y el tabernero jura y perjura que de allí naide sale sin soltar las motas. Los serviciales intlépites, con la venia de los municipales y serenos, hacen el inventario del deterioro, y comienza eotre los paganos y aquéllos un juego de frases del peor gusto estético. íl segundo acto queda sin representar. La noche ha avanzado bastante. El programa de aquellos sedientos marinos se cumple á medias. El reloj de la Catedral lanza al aire once campanadas, y van llegando de nuevo á la Escalerilla, por grupos, aquellos marinos que horas antes hablan saltado á tierra tan decididos. Pero no tornan como llegaron. Los intlépites han desaparecido, y en su lugar los serenos y agentes de policía sostienen aquellos vacilantes cuerpos, que el soplo del May orea hace oscilar sobre su base. V suele suceder que algún inspector de policía, que no sabe lo que hacer con aquel convoy de cubas vivientes, se muestra indeciso ante el partido que debe adoptarse. Á lo que no falta algún subalterno, que perteneció in illo tempere ala Escalerilla, que diga á su jefe con tono respetuoso: -Miste, señó inspetó: lo mejor quejásemos es dejó, esos fardos aquí mesmo, al relente. No lian de pudrirse, poiqve están en espíritu de vino. ALEJANDEO B A K B A