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LA PESCA DEL ATÚN El carabinero de guardia, envuelto en su capoten, paseaba- de un lado á otro á lo largo de la muralla; deteníase algunas veces, miraba al mar, escuchaba y continuaba dfe nuevo su interrumpido paseo. Veíanse á lo lejos, brotando en la obscuridad, los destellos rojos del faro alternando en tiempos iguales, y entre las sombras, apenas perceptibles, las siluetas de algunos buques meciéndose dulcemente al Inovimiento de las ondas. Comenzaba á notarse frío; ya por Levante aclaraba el cielo, y la fosforescencia de las aguas, producida al rozar la tierra, apagábase poco á poco pasando del plata al gris; uno de los vapores encendía sus fuegos, y allá de la Malagueta se escuchaba el grito del gallo respondiendo á los cantos de la alcazaba: la noche se estremecía en las últimas convulsiones; estaba amaneciendo. Cerca del malecón, uno de nuestros hombres, uniendo sus manos como bocina, gritó con fuerza: ¡AnaHayne! (Ana Hayne! al poco, de aquella ciudad notante anclada en el puerto, salió otra voz, especie de chillido de gaviota, que respondía: ¡Vá! luego, el chirrido del remo al girar en los toletes, al golpe producido por el embarque, y después otra vez los remos moviéndose al compás como la péndola de un reloj. Cuando el sol desgarró el ambiente, la mar pareció inflamarse, y las aguas, como las de una inmensa caldera que rompe á hervir, levantáronse en borbotones soberbiamente irisados; la lona crujió sobre las amarras, y por algunos momentos bogamos en un mar de espuma. Lejos ya de la playa, arrojamos al mar el primer anzuelo, que se hundió perezosamente llevando en sí la perfidia. Chocaba el polvo de luz en azul cobalto, y en las aguas, diáfanas como el aire, moléculas diamantinas en toques deslumbradores. Notábanse los atunes subir desde el fondo mismo, volverse mostrando el vientre brillante como el mercurio, coger la carnada y desaparecer con la rapidez del rayo, dejando una estela de oro. Una vez dos veinte veces... de pronto se agitó el mar cerca de nosotros, vimos la cuerda de la coloma desarrollarse rápidamente serrando una de las bandas, ponerse luego en tensión y vibrar en las sacudidas de una fuerza invisible Se arrió trabajosamente para juirlo y arriar después, y al poco, en un buen golpe de cacle, terrible garfio de hierro, el atún perdió su elemento cayendo sin fuerza, humillado, á bordo. Ahogado, en las últimas agonías, comenzó una queja tristísima, comparable en sus notas con el dulce sonido de la ocarina, canto sin duda de las sirenas. Cruzaban á nuestro lado, rozándonos con sus velas, barquillas tripuladas por seres llenos de harapos, que escudriñaban como nosotros el misterioso fondo del mar; de alguna de ellas, eco de un organismo que siente y sufre, brotaban ya maldiciones, ya la risa infantil espontánea de la alegría.