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272 mado uated en el cuarto segundo de la izquierda, ¿verdad? tín casa de D. Camilol Ay I ¡Usted no sabe quién es ese hombrel- -jQuién es? -preguntó el doctor limpiándose la frente con la manga del gabán. -Una fiera, que tiene la costumbre de pegarle á la señorita todas las mañanas, después del desayuno. -Pues me voy- -No se vaya usted sin ver á la señora de la derecha, que está muy mala. Subió de nuevo el doctor, aunque con todo género de precauciones, y fué á llamar en el cuarto de la derecha; pero no había hecho más que pisar los umbrales, cuando se arrojó en sus brazos una señora fea, achaparrada, con la nariz en forma de picaporte y unos ojos que parecían dos huevos cocidos. -Entre usted, entre usted cuanto antes- -le dijo aquella visión sin dejar de estrecharle contra su seno. -Mi hija está muy mala, muy mala, porque es primeriza. Entró el doctor de prisa y corriendo, y tropezó manos á boca con otra mujer más joven que a primera, pero que no bajaría de los cuareata años, listaba de pie, animada á una puerta, y mordía el ala de un sombrero hongo con deesperación. ü n hombre cniquitin, sentado en una silla, contemplaba con ojos tiernos aquella escena de dolor, y decía de cuando en cuando á la enferma: -Muerde, mujercita mía, muerde todo lo que gustes, á ver si te desahogas. El doctor fué á acercarse á la paciente, y ésta dejó el sombrero y le tiró un mordisco en un hombro. Ayl- -gritó el asendereado doctor. -Déjela usted- -dijo la madre. -Cuando muerde parece que se alivia. -Sí, hombre; no la contraríe usted- -añadió el esposo. Cuando entró el doctor en aquel domicilio eran las nueve de la mañana, y á las ocho de la noche estaba alU todavía luchando con la señora, que, cada vez más angustiada, no le dejaba parar un solo instante. Unas veces le cogía por el pescuezo y se ponía á tirar de él, como si quisiera arrancárselo otras veces le clavaba las uñas en la cabeza; otras le mordía, y asi sucesivamente; hasta que al fin la señora salió de su cuidado, y entonces la madre se puso á llorar de alegría y á darle abrazos al yerno. Entretanto el recién nacido se desgañitaba boca arriba sobre un sofá, y el doctor, que no lo veía, fué á sentarse de golpe, para descansar un momento, y en poco estuvo que no lo estropeara. ¡Hijo de mi corazónl- -gritó el padre de la criatura, Cogiéndola por las piernas como si fuese un cabrito. -I Cielo de la casa! -exclamó la abuela, cubriéndole de ósculos. Deshoras después, llegaba el doctor á la Casa de Socorro, donde ejercía sus funciones á turno impar. ¡Vengo molido 1- -decía el infeliz, dejándose caer sobre una butaca. -Puesto qué ha llegadousted, yo me retiro- -contestó el otro médico. -Vaya usted con Dios. -El le proporcione á usted una buena guardia. Después de coser dos heridas, de arreglar un dedo, de echarle una pieza á la nariz de un borracho, y de sajarle un bulto á una viuda desvalida, el doctor se metió en la cama, dispuesto á reparar sus fuerzas. Cerró los ojos, rezó su padrenuestro de todas las noches y- -Señor doctor- -fué á decirle uno de los dependientes de la Casa de Socorro. -jQué sucede? -Que vaya usted corriendo al número 11 de la calle del Gato. i3 e conoce que es cosa grave, porque ha venido un criado con muchísima prisa. Vistióse el doctor corriendo, embozóse hasta los ojos, guardó ambas manos en los bolsillos, y en. un santiamén se plantó en la calle del Gato 11. ¿Dónde está el enfermo? -preguntó con ansiedad al criado de la casa. -Pase usted. Un caballero joven. y robusto se hallaba muellemente tendido en el sofá del gabinete. -Entré usted, doctor- -dijo al recién llegado- -Pues, hombre, le he hecho á usted venir para que me diga si esto que tengo en la nariz es una espina carnal ó un arañazo. No me duele, ¿sabe usted? pero quisiera salir de dudas. LTTISTABOADA.