Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
AVENTURAS DE UN DOCTOR E l doctor Maaalioón acabalja de abrir los ojos cuando penetró en stt alcoba la criada, dieiéndole: -Señorito, que vaya usted innjediatamente al número 28 de esta calle, ¿Quién lía traído el recado? -Una muchacha. Dice que su señorita va á dar á luz, y que le esperan á usted con mucha Impaciencia. ¿Te han dicho el cuarto? -No, señor. -1 Por vida! Mientras el doctor pronunciaba estas palabras, habla saltado, del lecho y se disponía á ponerse los pantalones; pero era tal su ofuscación, que no encontraba la prenda, ni el battn, ni las babuchas, y tuvo que lavarse en cueros vivos ó pocomenos. El doctor era esclavo de sus deberes profesionales, y siempre que se reclamaban sus auxilios acudía veloz á, la cabecera del enfermo; de modo que aquella mañana salió de su domicilio sin desayunarse, y echó á correr calle arriba á medio vestir, con los pelos en desorden, y luciendo una b abucha en un pie y en el otro un zapato. Antes de llegar al número 28 tropezó en la calle con un cesto de coliflores que expendía una vieja al aire libre, y- ¿Sabe usted en qué piso necesitan los auxilios de la medicina? -En el segundo- -contestó la funcionaría. E l doctor subió las escaleras de cuatro en cuatro, y llegó al piso segundo; pero se detuvo perplejo. -iDemontrel- -dijo para sí. -Hay derecha é izquierda. ¡En cuál de ellas será? Aplicó la nariz á la puerta de la izquierda, y al notar ruido de fuertes pisadas y de voces en tono subido, pensó cuerdamente: -Aquí debe ser. Se conoce que la enferma sufre. Llamaremos. ¿Quién? -preguntó una voz varonil, con cierto tono de disgusto. -Servidor de usted- -dijo el doctor amablemente. Un hombre abrió la puerta, y encarándose con el recién llegado, le dirigió una mirada de oso iracundo. ¿Qué desea usted? -rugió el inquilino. -Ver á la señora. ¿Para qué? -Para prestarle mis servicios. ¿Cómo? ¡Insolente! -gritó aquella fiera abalanzándose sobre el doctor; éste, perdiendo el equilibrio, comenzó á rollar la escaleras en silpncio hasta llegar al piso principal íai á dar de bruces contra una mesa llena de cántaros de leche. Animall- -chilló el amo del puesto. ¡Carapel- -dijo el doctor al tiempo de introducir la cabeza violentamente en un barreño de espuma, Pero lo primero para él era la profesión honrosa á que se hallaba consagrado, y después de limpiarse la cara con el pañuelo, reemprendió su camino entre las cuchufletas de los vendedores y la rechifla de los chicos del barrio. Al llegar al número 28 preguntó á la portera: donde encontró á la portera que subía con un plato en una mano y unos zorros en la otra. ¿Qué es esto? -dijo la pobre mujer retrocediendo asustada. -jVaya un modo raro que tiene usted de bajar las escaleras! E l doctor se detuvo en el decimoctavo escalón, y apenas podía explicar lo ocurrido. -No me diga usted más- -murmuró la portera. -Ha Ua-