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263 -íome ustfd, señor diputado; ya me han dicho que no quería usted dinero; pero no se negará usted á aceptar este pequeño regalo en especie. La opinión pública tarda en manifestarse; pero al hacerlo, mide un nivel en toda su extensión, como los ríos al desbordarse. Asi es que en Francia ha medido la opinión por el mismo rasero á los diputados corrompidos que á los escasos representantes de la clase de Catones. Ett la pasada crisis costó más trabajo encontrar nu hombre para la presidencia de la Cámara, que aquí en Madrid para la presidencia del Ayuntamiento. Por fin Carnet encontró el hombre que bu caba en Challemel- Lacour, y aquí le tiene el lector agarrando la campanilla. ¿Qué decisá esto? -pregunta uno de los mirones. -Que ahora- -responde el otro- -sí que hay motivo para llamar á las reuniones vespertinasjftK ¿o clocTies. E n España no se habla todavía de esta vuelta de la moda al año 50. Pero en cuanto surja en París, ya la tenemos en la corte de rondón. Importada, amparada y protegida por el gremio de matuteros. Ni la triple alianza fe. mueve, ni Francia ha vuelto á hablar en son de guerra de su gran aliada la Busia. Aprovechando este período de calma, ha emitido ZeJimrnal amussant la idea de encargar la defenf a del territorio á las especies zoológicas, mientras el hombre desenvuelve tranquilamente las artes de la paz. -Las girafas, avestruces y otros animales de cuello largo- Menos mal si la encontró en la Cámara de Diputados. Era de temer, después de lo pasado, que el pueblo francés sustituyera la campanilla del Congreso por un cencerro de los más sonoros. El Rey de Servia ha hecho una hombrada á los diez y seis años. Se ha declarado mayor de edad, ha puesto en prisión á los regentes, ha Recorrido los cuarteles á caballo y se ha llevado de calle á las tropas. Era natural. El joven Eey tiene una madre, la reina Natalia, que es una de las mujeres más bellas de Europa. De manera que á los soldados seiyios no les habrá costado ningún trabajo gritarle al Aey. ¡Viva tumadrel Se anuncia la. próxima restauración de los miriñaques. La prensa de París se ha apresurado á poner de relieve los inconvenientes del artefacto, resucitando antiguas caricaturas de Gavarnl y de Cham, y un periódico ponía entre sus caricaturas este grupo, con un juego de palabras doblemente intraducibie, porque resulta un chiste anglo- francés: dice el caricaturista- -podrían encargarse del servicio de reconociniientos y descubiertas; las focas, de los torpederos y car ñones de playa; las tortugas, de la Administración militar; los