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255- -Vino en esteJiasco, finocchi en esta mano, dientes para lo que caiga, alma para sentir, y bajo mi manto al rey mato, y cuando te den la soguilla, corre con la vaquilla, y más vale pájaro en la mano que buitre volando, y por dinero baila el perro, y por pan si se Jo dan, y- ¡Eh! ¡Alto! ¡Diantre con el mozo! ¡Cualquiera diría que viene del gran Panza! ¡No vengo del Sancho, otra! Soy pintor y admiro lo bueno, y no tengo envidias ruines y quiero á toda la Colonia porque- -Cuidado, amigo, con ese chucho, qae le huele por retaguardia, no sea que peligre algo incluso los juanetes. Pasada la lista, doy á ustedes parte de que no hay novedad, la guardo en esta carterita que empuño con la mano izquierda, y entremos, yo el primero, por la senda constitucional, digo, por el camino que, según tradición, fama y critica, fué, como Roma del mundo, soberana de carreteras, calzadas, sendas y veredas. Organizada la expedición al pie mismo del grandioso sepulcro de Cecilia Metella, hija de Metellús Creticus y mujer de Crasus, emprendimos la marcha por la Via Appia antigua, reina de los caminos qua limite noto Appia longarum teritur regina viarum, construida en el siglo m antes de Jesucristo por el censor Appio Claudio, para llevar mejor la guerra con los Samnitas. Con paso de cazador avanzamos por la calzada, cubierta á trozos por las piedras poligonales mismas que allí pusieran los romanos, tapizada en otras secciones por fresca y naciente hierba. El sol se había engalanado como para festejar á españoles, y á españoles de la luz, del espíritu y del color de los pintores y escultores que van mencionados. Allá en el fondo se dibujaba la blanca crestería délos montes Albanos, con su zócalo de pueblecitos tirados en un anfiteatro de boscaje y de verdura; á la izquierda las arcadas suntuosas del Aqua Mareia y del Aqua Claudia; por el frente una cinta de sepulcros, de columnas rocas, de frisos y estatuas, de pirámides, de columbiarium y cuando se hacia un pequeño descanso, al volver la vista para apreciar el camino recorrido, se veía en el fondo, envuelta por gasas melancólicas, la ciudad de las cien cúpulas, destacándose soberbia y majestuosa la que corona la basílica de San Pedro. A lo largo de la vía se admiran los sepulcros de Se neca, de Marco Servilio y de los hijos de Pompeyo; el templo de Júpiter; los sarcófagos de patricios romanos, cuyas efigies se ven en cornisas y zócalos; hornos crematorios y urnas cinerarias, restos de mausoleos, frisos de labores y caprichos, trozos de escultura, cabezas de estatua mutilada, un verdadero museo, que recuerda la majestad de aquellos lugares, y cautiva la atención de artistas y amatori. Sería cosa pesada el dar cuenta de cuanto se admira en el itinerario hasta Albano Laziale; todos los expedicionarios gustaron de la hermosura del arte, del día y aun del crepúsculo que acude á la mente, cuando la devoción hace recurrir á sólidos y líquidos. Puerto, el aragonés, cuando ya habíamos vencido la 11. columna miliaica desapareció de la escena, y al notar su ausencia, corrí en su busca, encontrándole bien reclinado en un sarcófago y tratando de descifrar la inscripción puesta sobre un pedazo de landa. ¿Qué es eso, gran Puerto? -le dije al verle tan ensimismado y afanoso. Y él, con los ojos inyectados de rojo y la voz balbuciente, me replicó: ¡Nada! ¡Que ahora creo en la paz de lus sepulcros! Por el tebíente de eemara, José I B A Ñ E Z MARÍN. Eoma, 1893.