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cr r újA r yÑJ La riqueza oculta. -Gorronería de buen tono. Nuestros propietarios. -Cosecha de manzanas. Fruto peligroso. -Obreros sin jornal. Hoy no se acuña aquí. La fábula del rey Midas. -Un dibujo de Unceta. Recortes y comentarios. Mucho hablar de las contribuciones, mucho tronar contra los impuestos, mucho desesperarse con los recargos, y ahora resulta que nadie los pagaba. Así se desprende de los primeros ojeos realizados por el Cuerpo de Investigadores de Hacienda, que andan por ahí buscando casas, viñas y fábricas como quien busca alfileres en un pajar. Jt En el corazón de Madrid, ante las propias narices del- Ministro de Hacienda, existían docenas de edificios privilegiados, cuyos dueños no conocían la contribución terri torial ni para servirla. Ahora caemos en la cuenta de que hemos perdido un tiempo precioso apremiando y niolestando al pequeño propietario rural, mientras la flor y nata de nuestros caseros vivían felices é indepeadientes. La Administración española, como el chiflado del cuento, buscaba su sombrero por todas partes, sin reparar que lo llevaba en la cabeza. Ya sabíamos que en los buenos tiempos de la franquicia postal era de buen tono ahorrarse el franqueo de la corresjjondencia, y ahora sabemos que también es muy elegante viajar de momio y tener butacas áe rositas en el teatro; pero siempre ignoramos el colmo de la elegancia, que sale ahora á relucir: tener cuatro ó cinco casas, en la calle de Alcalá verbi gratia, y no contribuir, como cada. hijo de vecino, á soportar las cargas del Estado. -usted, ¿qué paga? -se preguntaban entre sí los propietarios cucos. -Hombre, ¡quite usted de ahí, no sea usted cursi I yo ¿qué he de pagar? Eso se queda p a r a l a gente de poco más ó menos. Y, en efecto, sin que sea cosa probada, casi es cosa de jurar que estos gorrones de nueva especie son todos gente caracterizada y respetable, concejales, diputados, personajes conspicuos, como dicen ahora. ¡Estaría bonito- -dice alguno de ellos- -que andando yo metido en la cosa pública pagase los impuestos como cualquier infeliz mortal I Claro que no. Eso sería como si un cómico tuviera que pagar entrada en los teatros, ó un empleado en ferrocarriles hubiese de tomar billete en la taquilla. ¡Oh, la riqueza oculta! -dijimos todos al tener noticia de los planes del Ministro, pensando que, pues estaba oculta, habría que ir buscándola por los rincones. Y mirábamos con lástima á los ingenieros encargados de la investigación, viéndoles trepar por los montes y recorrer los desiertos llanos, atrapando aquí un campo, allá una viña, acullá una fábrica escondida entre jarales. No había que buscar pajas en el ojo ajeno. Hagamos trizas la viga del propio. Manzanas enteras había en Madrid, completamente vírgenes de contribución. -Pues ¡duro con las manzanas! -dirá el lector ingenuo. Mas no hay que apresurarse. Consideremos que una indigestión de manzanas sería fatal para un estómago delicado como el del presupuesto español, tan hecho á la debilidad y á las hambres. Por una manzana se perdió en tiempos un I araíso. Por otra manzana quizá pudiera perderse hoy toda una poltrona. tí lV