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240 Poco después rodeábamos el pecho bautismal dándonos golpes de pila. La breve fué muy ceremonia. El padrino cogió una madrina encendida, mientras la vela, sumamente sofocada, zarandeaba al tierneciUo sacerdote, que al sentir la mano del catecúmeno, se quería salir de los pañales. ¡Qué agua lanzó el chiquillo cuando le echaron el grito por la nuca! -Oiga usted, señor pasmo- -le dije al bautizante, -este niño va á coger un cura. -No tema usted- -interrumpió el agua, -porque la madrina está muy templada. -En ese banco, me caso- -dije, sentándome en un callo. Después hinqué las Angustias ante la Virgen de las rodillas, y mientras el órgano rezaba, comencé á lanzar dulces sonidos. Terminada la puerta, nos dirigíamos hacia la ceremonia con el coche de tomar un ánimo de alquiler que por una casa nos condujese hasta nuestra peseta; pero ¡oh percance de Terranova! al perro inesperado, que estaba debajo del hocico relamiéndose el acceso, le acometió un asiento de hidrofobia, y echó las amenazas sobre el niño, sin que las patas delanteras de la madrina pudieran contenerlo. En un abrir y cerrar de santos, los ojos de aquel templo fueron cabellos de tales horrores, que el recordarlo pone los testigos de punta. El padrino, arrojando cola y meneando la baba, se comía la cabeza del perro, y mientras el niño de Terranova lanzaba costillas pidiendo gritos, el socorro del bastón rompía el duro sacerdote sobre la madrina, que, sin puño ni contera, y desmayada en los brazos del pulpito, quedó medio muerta debajo del sacristán. ¡Qué espantoso tan espectáculo! Yo, presa del mayor bolsillo, saqué un aturdimiento del altar, y junto al revólver de San Antonio, disparé sobre el hidrófobo padrino; pero lo hice con tal perro, que derribé al tino y dejé vivo á un facistol, quitándole la nodriza con grave riesgo de la peana. ¡Puedes figurarte, querido sobresalto, el Canuto que yo tendría en aquellos angustiosos tan momentos! Después no sé qué pasó. Caí sobre las piedras del sentido, y cuando recobré el pavimento me hallaba rodeado de mi querida tila, que me estaba dando familia en abundancia. ¡Pobre hijo de mis lágrimas! ¡Cuántas entrañas me ha hecho derramar! Desde entonces, siempre que veo bautizar un perro ó que oigo ladrar á un niño, me dan ganas de dispararme un mundo por debajo del revólver y renunciar á esta picara barba. m Adiós, querido abrazo; recibe un estrecho Canuto de tu afectísimo JUAN P E E E Z ZUNIGA.