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232- -Por cierto que ya empieza el peligro de tropezar con alguna partida de ladronea, de las muchas que andan por estos terrenos, según parece- -dijo el Sr. Montes. -Oye, Juaniyo, pon las escopetas á mano por si acaso, que no estarán de sobra. Era en Abril de 1838. La guerra civil servia de pretexto á varios tunantes para lanzarse al campo y al camino á desplumar al viajero. La Mancha, particularmente, estaba infestada de ladrones. -Ahora, en estos terrenos, señó Rafael- -advirtió Montes á su compañero el de Gvizmán, -no se adelante usté á la mensajería, porque andan por ahí muchos ladrones, y no tendría grasia que dieran á usté un disgusto. -Por mí no hay cuidado; me conocen los ladrones y las balas. Así me conocieran los toros, señor Frasquito. -Pues más peores son los hombres que los toros- -replicó Montes, -que pa unos hay arte y pa los otros no. Los avisos del maestro, que D. Rafael tenía en mucho dentro de la plaza, no impidieron que continuara su viaje como hasta allí. Iba, durante las horas de más calor, en la galera, hablando ó jugando con algún picador de su cuadrilla. El maestro nunca jugaba. O pasaban el rato oyendo cantar á un banderillero muy jacarandoso que llevaba Frasquito, y de quien decía el mencionado matador: -Si saliera para banderillear con la verdad que sale cantando, sería un fenómeno. Dos ó tres horas había pasado ya D. Rafael encerrado en la galera, cuando le ocurrió montar á caballo y adelantarse á la gente, según costumbre. Parecía invitarle á ello el vientecillo que había saltado y algunas nubéculas que quitaban fuerza al sol. -Don Rafael- -volvió á advertir Montes, -vea usté lo que hace. El de Guzmán sonrió, y apretando á su jaco, salió al trote por la carretera adelante. Continuó su marcha, y los de la galera le perdieron de vista. El camino descendía rápidamente, después de haber subido durante medio kilómetro, y don Rafael desapareció en la contrapendiente. Montes iba pensativo y la gente callada. Le pareció oir á lo lejos algunos tiros. Frasquito no pudo contener una exclamación. ¡Ese on Rafael -dijo luego. Cuando llegaron al puentecillo y dominaron el camino nuevamente, creyeron ver á un hombre tendido en el suelo. No se engañaban. Era él, D. Rafael Pérez de Guzmán. Pero muerto. Los asesinos se habían cebado en él. El Sr. Frasquito lloraba como un f V chiquillo. ¡Cobardes! -repetía. -No habrá sido uno solo, porque él necesitaba más de uno para rendirle. SENTIMIENTOS.