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1 r DON RAFAEL ¡Entre el polvo, que se masca, y el sol. que asfixia, está buena la carretera de Andalucía! -Y eso que estamos en Abril, que aun no han empezado los calores de veras. -Pero es un anticipo que nos hace el verano á los buenos mozos. Y asi era, que entre la nube de polvo que levantaban las seis muías manchegas y un caballo que venía á la zaga, apenas se veia la galera. Mensajería acelerada, aunque no uniformemente, con cuantas comodidades podía brindar entonces la Empresa á los viajeros. Y que los que venían en aquella galera de Andalucía para Madrid sabían lo que era viajar en España y lo que podían pedir. Eran hasta quince personas, contando al carretero. Entre ellas, dos parecían las principales, y en particular una. Gentes como de campo, vestidas de traje corto, y muy majas. Las guitarras ocupaban los sitios de preferencia, y como merienda, no había de faltarles, que en dos canastos traían provisiones de fiambre, y en un pellejo vino suficiente para que todos apagaran la sed desahogadamente. ¿Quiénes eran aquellos viajeros tan alegres y tan bulliciosos en ciertas horas, y tan callados y tan sumisos á una indicación del que parecía jefe más antiguo, de los dos indicados? Aquel moreno y alto y enjuto, que tan poco hablaba, aun cuando oía con gusto las ocurrencias de los muchachos, aquel de las patillas de boca de jacha y los ojos vivos y brillantes, era el señor Frasquito Montes. Y el otro, el segundo jefe, que contaría á la sazón treinta y seis años, alto, esbelto y atlético, de hermosura varonil, y al mismo tiempo cariñosa sonrisa, era el segundo matador. Don Rafael Pérez de Guzmán, hijo de los Condes de Villamanrique y cordobés. El señorito que le decían al principio las gentes del oficio, siempre desconfiadas, como todas las de su clase, del valor y de la fuerza y de las condiciones de los que no pertenecen al pueblo. ver- -decía alguna vez en sus principios de profesión D. Rafael, -pues si yo no soy del pueblo, ¿de dónde soy? ¿Del campo?