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225 Para poner las tablillas de ensayo se quita los mitones, pues si escribe con ellos puestos le sale mat! ¡a ortografía. Subrayó sus frases. Una vez, con los mitones puestos escribió en una papeleta de ensayo MeUistofeles, y en cuanto se los quitó pudo escribir Mefistofille. Conservo entre mis papeles curiosos estas tablillas. Tiene para su uso particular una colección impagable de sonrisas. La más servilmente cariñosa la emplea para lá tiple y el tenor; para hablar con los demás artistas emplea una progresión descendente. Al llegar al bajo ya está completamente serio. Trata con cierto desdén á los partiquinos, y á grito pelado á los coristas. Un bajo de escasa categoría cantaba cierta noche el Mefisto del Fausto. Gran fumador, chupaba á escondidas un cigarro de veinte céntimos; y cuando tenía que salir á escena guardaba la colilla en la escarcela, después de apagada con dos restregones en la suela del borceguí. U n a vez, por descuido, salió á escena el bajo con la caja de joyas en la mano y la colilla sobre la parte superior de la oreja izquierda. -Este demonio- -me dijo el avisador al verlo- -no es de categoría. É s t e debe haber sido escribiente allá en su. tierra. Si le pregunto por qué abusa del vermoiitk de Torino, siempre que se lo ofrecen contesta que para entender mejor el italiano. ¿Y usted no lo paga nunca? -Cuando lo pago se me traba la lengua por éso si algún corista me dice que lo convide, le respondo en español que no me da la gana. Y me entiende. Una vez, la única en su vida que se permitió discutir con un tenor, dijole éste: -Ándate via. Siete un asina. Aveie capito? -Qvi no toco pito, ya lo sé yo. Todo menos confesar que lo habían llamado asno. Sucede en los teatros que casi todos los que de ellos viven, suelen aplicar frases de dramas ó de óperas- según el teatro en que se está- -á las situaciones ó accidentes del momento, resultando con ello algunas felices oportu- nidades. El padre de una tiple que cantaba Aida, echó á puntapiés del cuarto á un gomoso que requería de amores á la diva. Al ver el avisador que, triste y con las orejas bajas, se marchaba el gomoso, canturreó por lo bajo lo siguiente: s. Nonrivedro piu Aida y cuando al día siguiente, hechas las paces, el galán enamorado entró de nuevo en el camerino, á instancias del padre, el avisador, guiñándome el ojo izquierdo, me dijo: Ritorna vincitor. -Sí, señora- -decía otro gomoso á la madre de una bailarina. -Su hija de usted me engaña. Es una veleta. -La donna é mobile silbaba el avisador. -Pero conmigo que no juegue, porque, señorito y todo, de un puntapié la va usted á ver volar- -Cual piuma al vento. -Pero no grite usted- -decía la madre. -Bueno, hablaré bajito- -Muta d acento. -Y si usted me- asegura que estoy equivocado, y luego me lo demuestra, yo me tranquilizaré. -E dipensier. Comimos una vez unos raviolli admirablernente hechos, en la guardarropía de un teatro de ópera. Se le dio al avisador un plato de ellos, á decir verdad, poco abundante; mejor dicho, muy escaso. El hombre calló, buscando una oportunidad para pedir más. Arrimado á una de las tapias de guardarropía había un lábaro romano con las famosas iniciales S. P. Q R. ¿Qué quieren decir esas letras? -preguntó uno.