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T sídiss. EL SERMÓN EN EL PATIO DE LOS NARANJOS El Patio de lo3 Naranjos, Como se nombra en Sevilla, Está atestado de gente Que se levuelve y se agita. Esparciendo el limonero Sobre él sus ramas floridas, Incensarios de sus hojas Hace en la extraña capilla. E l pulpito en un extremo Ostenta, sus galas ricas, Y un severo sacerdote Deja escuchar su filípica. E l sol entra por las ramas E n ráfagas fugitivas, Y deja en el duro suelo Kedondeles de luz viva; Y el fulgurar de sus rayos, Que se rompe en áureas chispas, (Jala y borda el fino encaje De las airosas mantillas. TSisprofano el limonero, Y la esencia que destila, Sensaciones mundanales Deja del alma en las fibras. Con los sentidos alerta, La gente está, de rodillas, Y en vez de unción religiosa, Siente amorosa delicia. No es el naranjo cristiano Ni evoca visiones místicas; Centinela de Mahoma, Guarda sus bellas mezquitas. J ¡1 dice con su perfume: Despertad, almas dormidas, Al son de la alegre danza Que tejen las odaliscas; El Paraíso está abierto Para aquellos que me aspiran, Y tiene para vosotros Puertas de diamante vivas Así el azahar murmura Desde las ramas floridas, Y predica el sacerdote Desde el pulpito en que brilla: Para aquellos que del mundo Dejan las falsas mentiras, Dios abre de su alta gloria Las puertas de luz bendita. Llegad hasta sus umbrales Con el alma arrepentida, Y entrad á admirar de nuevo La Jerusalén divina. Esta lucha, que no advierte Quien ante Dios se arrodilla. Mientras el sermón resuena El mudo creyente libra; Y alma y sentidos á un tiempo Oyen palabras distintas; El cura, invita a l a muerte; Y el limonero, á la vida. Yo siempre que oigo postrado El sermón en ese día. Mientras percibo las frases Que el sacerdote me dicta, Me pongo á mirar el juego De mariposas divinas Que fingen en los semblantes Las sombras de las mantillas SALVADOR RUEDA,