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218 Ya en el hospital, comenzó á hacer sus visitas cama por cama. En una de éstas había un eníermo recie n llegado al benéfico asilo. ¿Qué siente usted? -le preguntó Lombroso. -Siento mucha opresión en el pecho. ¿Y apetito? -Ifiriguno. ¿Y dolores? -Sordos. -Perfectamente. A ver, respire usted con energía. El doctor apoyó la cabeza sobre el pecho del paciente. -Hable usted algo. ¿Qué quiere usted que hable? -Cualquier cosa. Quiero ver cómo funciona el pulmón. Pero al paciente no se le ocurría cosa alguna, y entonces Lombroso, enojado, le dijo: ¿No sabe usted hablar? -Sí, señor. -Pues diga usted algo; cuente usted una, dos, tres, cuatro y no se pare hasta que yole avise. -Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis- -comenzó á decir el enfermo. Lombroso, rendido por la fatiga, dejó caer pesadamente la cabeza sobre el pecho del infeliz y se quedó dormido como una marmota. Cuando despertó, el enfermo decía con voz apagada: -Seiscientos veintiocho, seiscientos veintinueve, setecientos- LUIS TABOADA.