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217 -Ya sé lo que usted tiene: la solitaria. Yenga usted esta tarde y le daré un medicamento eficaz. Llegaba el paciente á la hora conyenida; pero el doctor, que ya había echado en olvido lo del medicamento, en vez de un purgante, le propinaba una gaseosa, y la solitaria, lejos de morirse, se ponía tan contenta. En los momentos de mayor exaltación, producida por el abuso de los alcoholes, el doctor Lombroso sentía la necesidad de operar á todo el mundo, y estaba deseando que un enfermo se quejase de cualquier cosa para cortársela inmediatamente. Una noche, en el café, quiso cortarle una pierna al camarero, porque se quejó de unos dolorcillos reumáticos, y otra vez, en casa de una señorita que padecía del estómago, cogió un bisturí y se fué hacia ella con ánimo de sacarle todo lo que tenía dentro. ¡Socorro! -gritaba la infeliz, corriendo por la habitación como una loca. -Ó la opero ó la mato- -replicaba el doctor esgrimiendo el bisturí. Y viendo que no podía alcanzar á la señorita, se fué hacia su padre y le hizo una incisión en el cogote. ¿Qué pretende usted? -dijo éste asustado. -Extirparle á usted un lobanillo. ¡Pero si no lo tengo! -No importa; por si lo tiene usted algún día. El dueño de la casa tuvo que ponerse serio para que desistiese de su propósito el terrible doctor; pero no le cogió antipatía, y antes por el contrario, hallaba disculpa á aquel exceso de celo quirúrgico, diciendo: -Es un sacerdote d é l a ciencia, que se sacrifica por la humanidad á riesgo de que le descalabren. Yo mismo estuve á dos dedos de romperle una silla en la cabeza; pero reconozco que hubiese hecho muy mal. Era tal la fortuna del doctor Lombroso, que cuando mataba á un enfermo, decía la familia del difunto: ¿Qué se le va á hacer? El médico ha estado acertadísimo en todo; pero nó se puede luchar con los designios de la Providencia. ¡Pobre Pepito! ¡Dios le haya perdonado! Si en vez del doctor Y Lombroso hubiese tenido otro médico, no hubiera vivido ni tres días. M achas veces el doctor llegaba á la cabecera de un enfermo, apoyaba la cabeza en el almohadón y se quedaba dormido. ¿Qué hace el médico? -decía el paciente con voz desfallecida. -Déjalo- -contestaba alguno de la casa. -Está meditando acerca de tu enfermedad. Y le dejaban dormir tranquilamente, hasta que el hombre comenzaba á soñar que se había acabado el vino ó que se le había obstruido el conducto de las bebidas espirituosas, y entonces se despertaba sobresaltado. Una mañana el doctor Lombroso se levantó como de costumbre para hacer la visita del hospital. Había pasado una noche de verdadera crápula, en compañía de un matador de invierno, un bajo cómico, dos coristas de Eslava y un capitán de la reserva que era capaz de beberse la cuba de los dos Francos. ¿No quiere usted desayunarse? -le preguntó D. Genoveva. -No, señora- -contestó él, cogiendo la jarra de zinc que contenía el agua para lavarse y bebiendo con avidez. ¡Jesús, Jesús! -replicó doña Genoveva. ¡Qué vida más desarreglada! Usted se va á morir el día menos pensado; usted no duerme las horas necesarias. Le he sentido á usted venir hace poco, y derribó usted la cómoda del pasillo. Buena traería usted la cabeza. -Déjeme usted en paz- -gritó Lombroso, dando un portazo y dirigiéndose á la calle.