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EL MÉDICO JUERGUISTA Como médico era una notabilidad, y como juerguista J) competir con nuestros primeros borrachos. Vivía solo, con una sirviente anciana, que á cada paso le hacía ver las consecuencias de su mala conducta, diciéndole: -Esa vida no es para llegar á viejo. Tiene usted una cara lo mismo que un manojo de cordilla. Se está usted matando lentamente. 7 ¿Y á usted qué le importa? -contestaba él, echándose vestido sobre la cama, después de una noche de orgía. Eran inútiles las prudsntes reconvenciones de D. Genoveva. El doctor continuaba entregado á su vida de placeres, con gran perjuicio para los enfermos del hospital, donde servía, una plaza de médico supernumerario. Al que necesitaba pediluvios le atizaba un emplasto confortativo; al que tenía irritación, una purga enérgica, y al que estaba exhalando el último aliento, le mandaba dar un paseíto por la habitación ó le exigía que cantase unas malagueñas para distraerse. A una señora que fué á consultarle sobre un flemón, le puso una cantárida en la nuca, y la infeliz comenzó á dar saltos y á tirarse á las tapias, como si tuviese los demonios en el cuerpo. Pero su reputación de médico notable no decrecía poco ni mucho. Antes bien iba en aumento, y todo el que necesitaba los auxilios de la ciencia, corría en busca del doctor Lombroso para decirle: -En usted sólo confío: usted puede devolverme la tranquilidad. ¿Qué siente usted? -Siento mareos y una cosa así como hipo.