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207 Felisa no; desde su venida al mundo ha sido un modelo de perfecciones físicas y morales también, porque es la bondad misma. Pero ni su belleza física ni sus cualidades de carácter son conocidas, porque el medio en que vive no lo permite. Su padre es un empleado de 6.000 reales, que cuando manda el partido á que se afilió, creyendo que con esto iba á ser un hombre de pro, tiene destino, y en cuanto viene el partido contrario, lo pierde. Vuelven al cabo de tiempo los suyos, y vuelve atener el destino, nunca más de 6.000 reales; y ahora, que está otra vez cesante, el pobre hombre piensa con la más profunda amargura que ya no volverá á tener destino, porque cuando vuelvan los míos, dice, ya seré un carcamal, y ya se habrá muerto el senador Colmillo, el primo de ésta (su mujer) que ha sido mi protector, y la diabetes le va dejando seco Su madre, D. lííicanora, es la mujer más averiada que existe en este mundo, y la que necesita más medicinas. El droguero de la esquina y el boticario de más abajo cobran, á cambio de drogas y medicinas, una buena parte de lo que D. Abundio percibe cuando está empleado, 6 araña cuando está cesante. Uno y otro están muy agradecidos á tan excelente parroquiano, y por demostrárselo esta Nochebuena pasada, el primero le regaló un papelón de espliego, y el segando media docena de sinapismos de papel Rigollot. El pobre hombre hubiera preferido un pavo ó un par de capones, bien que ya no tiene hunior para nada, y ha perdido el gusto, y lo mismo le da comer pavo trufado, que berza ó rejones de dos filos. Su mala suerte política y burocrática, sus constantes apuros, las diarias indisposiciones de su mujer, los accidentes, arrebatos, convulsiones, flatos y pataletas con que le ameniza la vida, le han agriado el carácter de tal modo, que la portera de la casa en que habita este matrimonio ha puesto al marido el apodo de el puerco espín, y á la mujer la llama el emplasto. Felisa, hermosa, dulce, tierna, compasiva y generosa, vive en este medio, amando á sus padres, de quienes rara vez oye una palabra amable, sirviéndoles con la mayor solicitud y ejemplar sumisión, procurando aplacar sus iras y calmar sus dolores, administrando los escasos fondos de que dispone D. Abundio con una economía inverosímil y con una rectitud increíble, como que para ella, para cosa de su gusto, nunca distrae ni un céntimo ni siquiera cuando llega el tiempo de las lilas, que tanto le gustan y tan de buena gana tendría un ramo de ellas ¡Qué invierno en la casa de D. Abundio! D. Nicanora en la cama, D. Abundio cesante, corneado por esas calles todo el día, buscando para comer: un día ganaba un duro haciéndole la cuenta á un carbonero que no sabe escribir, pero que está ganando un dineral; otro día tres pesetas por copiar un escrito de un abogadillo de mala letra; otro nada; otro diez reales por asistir de hombre bueno á un juicio; otro siete pesetas que le dieron en la cerería por el resto de una vela que llevó en el entierro de un Grande de España, cuya vela le regaló el administrador del muerto Y Felisa cuidando á su madre, haciendo la comida, lavando, cosiendo, remendando la ropa, sufriendo las reconvenciones de la enferma, los sofiones del padre, comiendo mal y escasamente, muertecita de frío, durmiendo poco y esperando con una resignación maravillosa que llegue el tiempo de las lilas porque en este tiempo su madre mejora, se levanta y sale con ella, que la lleva despacito, del brazo, y van las dos á la iglesia, y algunas mañanas al Eetiro, donde Felisa disfruta un placer infinito contemplando las lilas y aspirando el perfume incomparable de la primavera. E n ese tiempo, D. üíicanora, aliviada de sus males, reconoce los merecimientos de su hija, y no lá reconviene; habíala con cariño, se enorgullece de ser madre de tan buena y hermosa criatura; y Felisa se considera dichosa porque su madre la quiere, y se culpa de haberlo dudado en el invierno Felisa ¿cómo no? ha soñado alguna vez ser amada, casarse con el hombre amado, tener hijos Pero ¡qué poco ha durado esta ilusión! ¿Quién ha de amarla? Nadie la ve, nadie repara en ella, nadie se fija en una hermosura tan pobremente ataviada Pero sí; en el cuarto principal de la casa en que vive habita un viejo solterón, que parece un hipopótamo, y éste la ha visto y la ha hablado, y la ha hecho proposiciones vergonzosas, y un día le enseñó un billete del Banco de mil pesetas, y otro día, que la detuvo en la escalera,