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191 de volúmenes, y un diván, en el que D. Federico se recuesta En la estación cálida, ocupa Balart el primer sitio Los fríos del invierno le, obligan á trasladarse al segundo Una de las notas características del cuarto de trabajo de Balart, es lo abandonado del tintero; hay en él algo de olvido El hecho parece contraproducente y extraño, tratándose de un escritor, pero no encierra nada de misterio ni de apostasía Don Federico usa muy poco la tinta, por la sencillísima razón de que prefiere valerse del lápiz Basta cor ver aquella viveza del gran poeta, esparcida por toda su persona, para presentir el manojo de nervios de su temperamento Los mil accidentes á que se halla expuesta la pluma, la necesidad de mojar, de sacudirla, de limpiarla de pelillos, no son compatibles con D. Federico Ni aun siquiera le resultan Jas cuartillas, y asi escribe en octavillas, que se llenan más pronto... Esto por lo que respecta á la prosa, la señora y dueña que le sujeta, al sillón; que en cuanto á los versos, no ha compuesto Balart en su vida una estrofa stíntado Como un preso que se revuelve en su encierro troquelando la idea hasta desbastarla y darla forma en la mente, ándase á largos pasos la habitación, y de cuando en cuando, inclinándose sobre la mesa, deja en el papel una estrofa, pero la deja de un tirón, concluida, rematada, limpia, sin necesidad de enmiendas ni tachaduras, y así se queda, sin que la pudibunda lima entre jamás por los esculturales renglones á robarles su espontaneidad De aquí la frescura, el donaire, la sencillez de la poesía de Balart, que brota de su inspiración sin esfuerzo alguno, por la misma ley nstural que hace que canten los pájaros y que huelan las flores. Aposentado en su sillón frailero del despacho de gala, salvo que es más enjuto y no gasta la barba redonda, resulta el rostro de D. Federico Balart un trasunto del de Víctor Hugo Idéntico rebosamiento de luz en las miradas, igual inefable bondad en los ojos, la misma nobleza en la cara El inmenso autor de la leyenda de los siglos ha resucitado y vive allí, en aquel alegre piso de las vecindades de la estación del Norte, en el que se cuela á borbotones el aroma de las hojas y los pitidos de las locomotoras del ferrocarril... Pero mi respetable amigo es propensísimo á los catarros, y en esos días de pasmos y estornudos no bajéis á verle los que no queráis perder la ilusión de la silueta Víctor Hugo ya no existe; ha dejado el sitio á un enfermo de hospital, con las piernas liadas en una manta, envuelto en la capa y enteramente oculta la cabeza en un gorro de algodón, que le baja hasta las orejas y apenas si le perdona la nariz Pero ¿os dije que no fuerais entonces por su casa? ¡Ah! ¡No! Me arrepiento é imploro vuestro perdón con la mayor humildad Id sí, id á verle cuando esté indispuesto con uno de sus pasmos; dirigidle la palabra, dejadle luego hablar; dejadle que os abrume con el peso de su sabiduría amena, exenta de presunAUTÓGRAFO. ciones ni arrogancias; dejadle que os i l w w embelese con su fraseo relampaguean te y ocurrente; dejadle que os atraiga Xfw W vU. t L- ivc vCT. con su modestia, y cuando le abando JT 4 ¿t vv i v w- j neis con pesar, nó podréis menos de murmurar asombrados: ¡Qué gran en yv Zt, y ¿i v J t n- tendimiento y qué gran corazón! J i- -j -JUAN LUIS LEÓN. r t í -t.