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186 pasó sin novedad, se terminó; repartiéronse nuevos papeles, y se ejecutó una fantasía de ópera, en la que ocnpaba el metal un importante puesto. El músico mayor miró entonces dos ó tres veces al borabardino. ¡Dios mío! Algo ha notado- -pensó con un aliogo inmenso el pobre hombre. Efectivamente, en el descanso el director se dirigió hacia él, y acercándosele le dijo con un gruñido: -Yo no sé cómo tocas hoy que no se te oye. Es preciso apretar, apretar, que para eso tienes buenos pulmones. Fué aquel un terrible momento para el bombardino Mientras todos los ejecutantes habían soltado sus instrumentos en el suelo, él se echó al hombro el suyo. No podía dejarlo al pie del atril so pena de que saliese á relucir el conejillo. Cuando el músico mayor se encaró con él, le dio la sangre un vuelco y le entró un calofrió formidable; se le figuró que el maestro iba á preguntarle por qué cargaba con el bombardino en vez de recostarlo en tierra, como era costumbre. Cuando escuchó á su jefe, se le quitó un peso enorme de encima, y balbuceó cualquier excusa. Acaso se encontraba en el instante más crítico. Podía antojársele al director examinar el instrumento, y estaba perdido. JTo ocurrió así, por fortuna. Transcurrida media hora, tornó á reanudarse el espectáculo, y el apurado mozo volvió á simular que cumplía con su deber, entre el asombro de sus compañeros, que no le oían, y la cólera del maestro, que le echaba unas miradas que cortaban, diciéndole en su mudo lenguaje: ¡Fuerte, fuerte! ¡No suena! ¡Digo! ¡Cómo iba á sonar! Por un verdadero milagro no quedó el bombardino arrestado porque no le dio al músico mayor la ventolera. En esto se avecindó el anochecer, la banda finalizó el concierto, recogió sus trebejos, y formándose so retiró al convento, en el que se hallaba depositada la bandera y radicaba la guardia de prevención, buscando, una vez en el edificio, al maestro de cornetas, y entregándole el malhadado conejillo. Cuando el soldado vio la campana del instrumento sin ningún obstáculo, le pareció mentira, y por temor de que le tomaran por un loco, no le dio un beso. Á las nueve de aquella misma noche reuniéronse en torno á una mesa bien avituallada los sargentos todos del batallón para festejar el segundo reenganche del maestro de cornetas; el conejo del músico fué recibido con alborozo, pero sus compaSeros no consiguieron que lo probara; habíale cobrado un horror inmenso, y estrechado por sus camaradas para que explicase su extraña antipatía por el suculento estofado, contó de pe á pa su apuro, con lo que no fueron carcajadas, sino un terremoto de risa la que se armó entre los veteranos, sin conseguir por eso que el pobre bombardino hincara el diente al animal. ALFONSO PÉREZ NIEVA.