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185 de la comida á los bichos; la patrona púsoles con efecto á los conejos y gallinas dos cazuelas atestadas de salvado y legumbres, y luego se entró en su cocina, dejando solo al soldado; era el momento oportuno: el músico se abalanzó en silencio sobre el grupo de los conejillos, atrapó el que pudo, procurando no espantar á los restantes, le pegó un golpe rápido en la nuca que le dejó sin vida en un santiamén, y en el acto zampó el apetitoso cadáver en la boca del bombar Trr dino, quedando estirado y enteramente hundido como en un molde en la campana del instrumento, sin que asomara nada que pudiera delatar el contrabando; en seguida se lanzó á la calle con el bombardino colgado del hombro, como un fusil, dándole antes las buenas tardes á la patrona, que no sospechó el robo, y le contestó con naturalidad: con Dios. El desdichado conejillo iba bien oculto. El truhán del músico trotaba más alegre que unas pascuas, relamiéndose por anticipado de gusto y sonriéndose de la travesura, cuando de pronto oyó ante él un pataleo como de mucha gente junta, que no le era desconocido: miró y se quedó espantado y sin alientos Era la banda la banda á la que él pertenecía y á la que contaba con haberse incorporado después de soltar el conejillo Sin duda se había él retrasado, puesto que topaba con ella en el camino Su primer impulso fué escapar, esconderse, deiar que pasara; pero tenía el pelotón tan encima, que no pudo huir; el músico mayor le vio, y sin detenerse le gritó con voz imperiosa: Incorpórate No tuvo otro remedio que obedecer al mandato de su jefe La Ordenanza no admite excusas ni distingos Pero ¿cómo iba á ocupar su puesto en las filas con el contrabando en el instrumento, á pique de que le descubrieran? Además no sonaría el bombardino, ó sonarla á demonios ¿Qué hacer? ¿De qué modo salir del horrible apuro? Se le ocurrió pedir permiso para retirarse, pretextar una indisposición, pero no se atrevió; el director gastaba un genio muy brusco Mientras tanto, continuaba andando, latiéndole el corazón violentamente, con un terremoto en los oídos, temblándole las piernas Algún compañero llegó á notar su turbación, y le preguntó si se sentía enfermo ¡Enfermo! ¡N o no! No le acontecía nada Por un esfuerzo supremo recobró entonces algo de su calma, comprendiendo que si perdía la serenidad estaba perdido Avistaron en esto la plaza, donde hicieron alto; los educandos pusieron en círculo los atriles, y los músicos se desparramaron, colocándose cada uno en su puesto; la plaza, el paseo de invierno del pueblo, hallábase abarrotada de gente; el señorío, vestidito con sus mejores galas, discurría de aquí para allá, aguardando á que comenzara el gratuito concierto; al bombardino se le antojó que todo el mundo le miraba con extrañeza Sacáronse los papeles, el director marcó la entrada con dos gplpecitos de batuta, y empezó una sinfonía. El pobre músico, sudando con ese sudor frío de la angustia, se aplicó la boquilla de metal á los labios, movió los dedos sobre las llaves, y fingió tocar, pero sin producir el soplo más leve. Aquella pieza