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CARTA ABIERTA AL SEÑOR DOCTOR THEBUSSEM ES íll U R A DE CG R A (Ó ÍOKDE SE EAILE) HET IAR Mi distinguido señor y estimado maestro: Recibo por conducto de. BLAK CO y NEGRO, excelente marco para sus delicadas labores, la cdntestación á la consulta que desde mi estafeta de Al Resumen dirigí á su alto saber en todo, y más parücularmen! e en lo que se relaciona con eso que constituye la sabrosisima tarea de hacer por la- pida Candóle, á fuer de agradecido, que lo soy, las pruebas más lerdidas de mi estimación por sus amabilidades, paso sin más preámbulos á decir á jsted cuáles son, no mis opiniones, porque rara vez me permito el lujo de tenerlas, convencido como estoy de que, si no son del agrado del prójimo, es inútil hacer de ellas gala, las opiniones que en el intervalo de tiempo que ha mediado de su primorosa carta de usted á la tosca mia, he podido ir réccgiendo de cuantos, scbre el tema de la hora en que se ha decitar el ccche para la salida de un convite, se han creido llamados á dar soluciones. La casi totalidad de ellos han pensado que plantea usted la cuestión en términos inaceptables para los que, no siendo favorecidos por la fortuna (y somos unos cuantos) no se pueden dar el gusto de disponer de coche propio. Y ya salió el primer diiítinga augurado por su perspicacia. La posesión de tan cómodo mueble, aunque ha llegado á popularizarse más de lo que nuestra pobreza tradicional tolera lícitamente, no es, por desgracia, tan general, que la invitación á un convite lleve entre sus dobleces el convecimiento de que á quien va dirigida posee la berlina. y el tronco de yeguas oportuno para arrastrarla. Pero todo en este mundo tiene su compensación, y las paradas de simones en invierno y de mañuelas eu verano, con que se tropieza al volver cada esquina, nos consuelan de la falta de cocheras propias, y aun nos dan ocasiones de reiterar nuestro agradecimiento á la Suprema Divinidad, porque nos concede la pesetilla de la tarifa, y aun la propineja indispensable, en tiempos tan calamitosos como los presentes. Ko es esto solo. üntre los adelantos de que la moderna sociedad disfruta, figura, y usted tiene buen cuidado de apuntar, el que supone el. tranvia á diez céntimos; pues bien, este adelanto, que hace indisculpable la falta de puntualidad á la hora de asistir á un convite, ¿no nos deja en libertad de permanecer en él todo el tiempo necesario, en la seguridad de que cuando le necesitemos hemos de hallarle con sólo andar dos pasos? Interpretando, pues, menos literalmente la pregunta que al final de su episto a somete galanttmente á mi discreción, para usted bondadosa, y para mi más que problemática, y convencido de que sólo trata de apreciar ¡sale JJios con qué fi. nes I y conocer mi opinión respecto á la hora en que el convidado debe retirarse del Ivgar d. el suceso, me confieso enredado en el según ij conforme presentado también por usted. Mi especial manera de pensar en este punto depende principalmente de la hora señalada para el convite. Es decir, de que sea almuerzo ó sea comida, de igual manera que uno y otra obliga á vestimenta diierente. Como á usted le ha ido perfectamente llegando á la casa seis ú ocho minutos antes de la hora señalada para servir la comida, á mi me ha ido no menos bien haciendo en los almuerzos muy corta la sobremesa, y en las comidas todo lo larga que las circunstancias lo han permitido. Creo que hallará usted mi conducta razonable. Después de la hora del almuerzo vienen las de los paseos, las visitas, etc. que reclaman á losdueños, sobre todo duefiasdecasa, tiempo y libertad, y robárselo constituiría un mal pago á la delicadeza con nosotros tenida, lín cambio, por la noche, eso de comida hecha, oompañia desheelia, se me figura otra ingratitud. Quien nos invita á su mesa desde anochecido en adelante, parece como que nos invita al propio tiempo á la velada de su casa, ó á su palco del teatro en caso de gran confianza; y marcharse en cuanto se ha dado el último sorbo al café y consumido la copita de licor, estimo de poca corrección y carencia absoluta de galantería. Queda ahora una última cuestión, y es la de decidir la hora en que se ha de abandonar la velada, en caso de haberla, y para ello me encuentro, como la araña en su tela, preso en un nuevo según. Empiezo, por suponer que la casa en cuyo comedor tenemos un asiento y una servilleta, no nos es tan en absoluto indiferente que no nos haya hecho pensar en los gustos y caprichos de sus dueños, para arreglar á su pauta nuestra conducta; y tanto puede faltarse permaneciendo en un salón horas y horas cuando la nostalgia de los colchones y sábanas hace bostezar al amo de la casa ó cabecear á la que con él comparte las delicias de unos y otras, como sobrarse, por sobra de miramientos, abandonando a l o mejor de la noche al anfitrión, trasnochador y amigo de ver cómo se confunden y luchan los últimos chisporroteos de las velas de los candelabros con los primeros y sonrosados aleteos del sol. Casas hay en que á esa hora, en que, segán las señoras antiguas, se destemplan las habitaciones, no queda en pie ni un solo criado, y otras en las que el trasnochar constituye media vida para sus jefes y dueños: no citaré á usted ejemplos de las primeras, porque por un lado no quedan muchas, y por otro, acaso no las agradara ver que se hacia público su gusto de seguir la máxima que afirma que la noche se ha hecho para descansar. Peio de las segundas, ¿qui ¿n no las ccncee? Hago caso omiso de la de nuestro querido Luis Vidart, porque aun cuando por gusto suyo esas des de la mañana en que usted dice en su carta, en letra bastardilla y entre admiraciones, que salió la última vez que en su amena y tmabilitima ccmpañia estuvo comiendo, serían siempre, y los jueves en particular, cinco ó seis de la madrugada quienes de ordinario la visitamos somos gente morigerada y honesta, que no nos place estar á más de lastres de la madrugada fuera de