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168 arrancan vivas reverberaciones á las naranjas. Diriase que las figuras danzan dentro de una especie de suave incendio, en cuya coloración toman buena parte el limpio amarillo de rey y los tonos de carmín de la tarde. Como la calle está cercana al mar, y cerca del mar está la Pescadería, el olor á marisco y á agua estancada en el fondo de las barcas llega intenso y penetrante al olfato, unido al de boquerones fritos de la taberna cercana, donde el dueño, con el mandil ceñido y el lanzón da hierro en la mano, hace su venta cotidiana, pisándose la lengua para hablar con nativo ceceo, é intercalando entre palabra y palabra un término. Aprovechando la clara en que los compañeros de oficina se han ido á almorzar, D. Manuel, dando una alegre carrerica, llega á la ventana baja de la calle, desvía con disimulo por un lado el transparente, y siempre con la pluma tras de la oreja, hace una bolita de papel, y la tira, escondiendo el brazo, sobre la nuca de la faenera, que cerca llena su caja de limones. La muchacha llévase la mano al cuello, volviendo la cabeza, y metiendo la mano bajo el transparente, hace una picaresca seña con la mano, y por pronto que quiere retirarla, cógesela D. Manuel y pone en ella un beso rápido, que deja en la nariz al hombre un incitante y alegre olor á naranja. -Que me esperes cuando ¡acabe la faena- -dice ebrio gozo y en voz baja el dependiente. -Esperaré- -responde ella con disimulo, para no ser notada de las compañeras; y la pareja no vuelve á cambiar palabra. En cambio, el cuadro tiene vida y movimiento de por sí para presentar á los ojos completa animación. En medio de lais cincuenta faeneras que envuelven naranjas en finísimos papeles de seda trazando un particular movimiento con las dos manos y haciendo girar entre los huecos de las palmas el fruto, los carpinteros encargados de ir clavando las cajas conforme están llenas, ejecutan con alegre martilleo su tarea, dejando oír alguna que otra copla no desprovista de sal y pimienta; y unas personas aproximan porciones de naranjas para irlas embalando, y otras ponen colmo saliente á sus cajas, por cima del cual cae la flexible madera y se ciñe á la curva trazada por el fruto; y mientras salta alegre y repiqueteado un diálogo junto á una pila de naranjas, los dichos y bromas no recobran descanso, se ponen motes á las personas que pasan, se llama engañosamente á los vendedores, y se da carga al señorito que tiene la mala fortuna de pasar cerca de la faena. Al par que va cesando este movimiento, fenece poco á poco la tarea; las cajas se llenan; los carpinteros cesan de dar martillazos; algún papel sobrante sale arrastrándose por el suelo, y las faeneras entran en la casa para cobrar BUS jornales. Cuando la última ha tomado, á eso de las tres, la dirección del Perchel, Mercedes quédase sigilosamente en la esquina de la calle; sale á poco el hombre gracioso y regordete, que finaliza también su t a r e a y siguiéndose uno á otro á alguna distancia, atrapan un coche que pasa, y se lanzan á pasar la tarde en una venta. Puestos bajo el emparrado, Mercedes, despidiendo un enloquecedor olor á limonero, pide, delante de una mesa, las calientes sardinas de una moraga; y D. Manuel, notablemente excitado por el calor, exige al mozo antes de empezar á comer un sustancioso refresco de naranja. SALVADOR B U E D A