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DON BLAS TRUCHIMÁN Conocí este ííoviembre último, en casa de mi vecina la viuda de Cerrojillo, una pensionista que tiene reuniones para que se distraigan sus dos hijas, conocí, digo, á D. Blas Truchimán, que iba allí con intenciones hostiles contra la mayor de las muchachas. Don Blas era un hombre muy desahogado, es decir, muy francote, muy hablador, que trataba con la mayor confianza á la viuda, á sus hijas y á todos los que nos congregábanlos en aquella casa. Él llevaba siempre la voz cantante, es decir, que se lo hablaba todo, sin dejar á ningún otro meter baza. La viuda estaba encantada y le oía extática, persuadida de que era D. Blas una de las mejores proporciones de la época. Una noche pregunté á la viuda, que antes de que éste se presentara me hacía de él exagerado elogio: -Diga usted, D. Bibiana, ¿y qué profesión es la de D. Blas? -Ahora está cesante; pero ya verá usted en viniendo Sagasta. En efecto, Sagasta era su íntimo amigo, según él aseguraba. A. o -Esto no puede durar- -decía D. Blas, aludiendo al Gobierno conservador; -esto se va por la posta, y no hay más recurso sino que vengamos nosotros los liberales. El hombre repetía lo que decía todo el mundo, presintiendo el resultado de lo que tramaban los rusos coi. tra D. Antonio. -Hoy mismo- -continuaba diciendo D. Blas- -he escrito á Sagasta que se prepare y que no sea tonto, y que se deje guiar por mi, y no haga caso de otros. ¿Tan amigo de usted es? -Somos uña y carne. Ya ve usted, en La Iberia escribíamos juntos. ¡Hombre! -Sí, señor. Y nunca publicaba ningún articulo sin leérmelo antes. Conque no digo más- ¿Y cómo en las diversas épocas que ha sido poder no ha figurado usted en el Congreso ni en la Administración? -Porque no he querido; porque yo no soy de los amigos que estorban como otros. Siempre le he cedido mi distrito para un compromiso. ¿Tiene usted su distrito propio? ¡Hombre! Ya lo creo, tengo dos: uno en la Mancha y otro en Extremadura, y en ninguno de ellos sale nunca otro que el que yo digo.