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154 la casa de Elduayen U n esbozo de una galería pompeyana del palacio de Murga La pasión irresistible de D. Alejandro: la pintura mural Armas antiguas, una arquilla del siglo xvii Tapando un costado del salón, un lienzo enorme interrumpido, que revela haberse comenzado bastantes años atrás: representa la muerte de San Fernando Está indicada la composición solamente, pero hay dos figuras lo suficientemente concluidas para juzgarlas resultan del Spañoleto E n el caballete, á trechos metido en color, á trechos mostrando el dibujo, u n lienzo, el asunto del cual es Velázquez en Roma, copiando del natural unos herreros para sus famosas Fraguas de Vulcano Al terminar el escrutinio, vuelvo junto al maestro, que trabaja en un busto de Jesús, de mística y honda ternura en su ejecucióii Ferrant irá al cielo por derecho propio La casualidad, simbolizada en un precioso y conocido lienzo de Unceta, que Ferrant conserva entre sus cosas favoritas, nos da el hilo de las aficiones bélicas del maestro... ¡C ó m o! ¿También D. Alejandro gusta de la tropa? Para que no hubiera nacido en Madrid... La caballería le embelesa; 1- a artillería le enamora; la infantería, con sus alpargatas, su pantalón rojo, su capote levantado, polvoriento el traje, con ese matiz simpático y marcial que presta al uniforme una marcha, le encanta E s una nimiedad, un placer de que no saben gozar sino los que han hecho no pocos novillos en sus años de estudiante. Ferrant pintaría tipos militares, pero faltan modelos y hay casi una iniposibilidad absoluta de que ningún número pueda venir con armas y fornituras al estudio Todavía D. Alejandro se iría, como el que suscribe, á la vera del cabo de gastadores llevando el compás de la música ¡Malditas barbas, que lo impiden! Ferrant es amantísimo de su familia Desde su cátedra de la Escuela de Artes y Oficios, en la calle de D. Ramón de la Cruz, se traslada á su casa, y en las nocturnas veladas, dibuja miles de soldados para un adorable particular, que se queda con cuantos hace el maestro en este género: su hijo, un angelito rubio, que manda unos ejércitos que para sí los quisiera, por lo numerosos, la triple alianza E n t r e las manías ó chifladuras, como ahora se dice, de que cada cual dispone para su uso, tengo yo una hasta cierto punto heroica: el más vehemente entusiasmo por nuestra campaña de África en 1859- 60. Hablando con Ferrant del asunto, confesóme que se sabía de memoria uno de mis libros predilectos: El Diario de un testigo, la sublime epopeya en prosa que la campaña muslímica arrancó APU 2 ÍTE INAUDITO. al genio, al inmenso sentimiento de D. Pedro Antonio de Alarcón y de confidencia en confidencia revolviendo entre sus recuerdos de mozo, me contó m i ilustre pintor el efecto que en su espíritu hizo, concluida la guerra, la entrada en Madrid de un regimiento de artillería de á pie desfilando por las calles de noche y al resplandor de las antorchas. Obsesionado por el asunto, plantóse días después Ferrant en el campamento de Amaniel, levantado por las tropas vencedoras, y la impresión recibida convertíase bien pronto en un cuadro, representando al ejército en sus viejas tiendas de lona, bañadas por el sol madrileño, el sol tantas veces soñado en las llanuras marroquíes, bajo aquellas mismas casas de tela. E n tal lienzo puso Ferrant cuanto era y sentía, según confesión propia; calcúlese su valor. Comprado por el infante D. Sebastián, figuró en su museo de P a u y disuelto ya éste, no ha vuelto á saber el artista de su obra de la juventud, que fué, entre paréntesis, una de las primeras de su carrera pictórica, i E s un hermoso dato para la biografía de Ferrant: comenzó á manejar el pincel inspirándose en la patria! JUAN L U I S L E Ó N