Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
III Al sigtiiente día me presento en el museo de RemusguiUo con mi notable ánfora, dispuesto á vendérsela al arqueólogo, y éste me dice desdeñosamente: -Caballero, i usted qué se ha figurado? ¿Que voy á comprarle á usted un botijo de San Isidro? Claro I I No tuve en cuenta que trataba con un loco! i. Quizá si le hubiera llevado un número de Za Voz de las clases pañvas, asegurándole que aquello era el propio testamento de Nabucodonosor, rey de Babilonia, me hubiera dado por él seis mil pesetas contantes y sonantes. I Pobre Eemusguillo I J U A N PÉREZ ZÚÑIGA. ÚLTIMA NOCHE DE CARNAVAL ASÓ esta vez, como siempre, llevándose tras si su séquito de locuras. Ha muerto El Gavilán; se han agostado La Camelia y La Dalia; han terminado su misión Fígaro y La Mascota; se ha concluido i a Amistad; se ha parado El Movimiento Continuo; se han extinguido los acordes de la polka en la Zarzuela y la Alhambra. Todo acabó. El rey de la broma y la carátula, ese semidiós churrigueresco, lleno de cascabeles, que usa antifaz y se viste de cien colores, se marcha para no volver en algún tiempo, llevándose en la maleta la salud de muchos, el dinero de todos; las ilusiones de los que todavía encuentran regocijo en sus estúpidas fiestas, y algunas virtudes débiles que no han sabido resistir la tentación de unos ojos brillantes que centellean en los rasgados agujeros de un antifaz de raso ó de una careta de cartón. Yo vi á las últimas máscaras acudir presurosas á los bailes de Piñata, en los que el Carnaval, al compás descompasado de los taponazos de las últimas botellas de Champagne, se despide, no sin hacer antes varios regalos, para encontrar de este modo á su regreso partidarios y simpatías. Vi también la desfilada triste y monótona de uno de esos bailes. Empezaban las nubes á teñirse de un ligero resplandor; los tejados sombríos de las altas casas se adivinaban más que sé veían, merced á aquella escasa claridad; se apagaban los faroles en la tierra y las estrellas del cielo, y llovía á la sordina, una lluvia perezosa, que sonaba débilmente en el silencio de la desierta calle. Se abrieron las puertas interiores del lugar de la fiesta, y se lanzaron á la vía pública todos los que asistieron en ella al sepelio del Carnaval. Bajo la crujiente seda de varios trajes rojos, azules y amarillos, pies pequeños, calzados con vistosos zapatos, saltaban sobre los charcos para no mojar la negra ó encarnada media, que aparecía sobre el tobillo arrugada y caída por el desenfrenado esfuerzo de la galop final. Salieron después las