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144 -Sin duda ninguna- -contesté. -En esta vitrina puede usted ver cosas muy curiosas. ¿Usted ha oido hablar de la Osa mayor? Pues en aquel estache de peluohe tengo dos colmillos. -I Se los han sacado á usted? -ífo, hombre, son de la Osa mayor. -Y digame, jconoce usted Isí etra filosofalisl- So, señor; conozco varias Petras, pero esa... -En castellano es la piedra filosofal, que habrá usted oído nombrar. Mucho me ha costado encontrarla, pero en esa caja negra la tiene usted. ¿y qué es eso que hay debajo? -Dos clavos de la Puerta Otomana. Y ha de saber usted que me piden mil pesetas por el ventanillo. -Pues tenga usted cuidado, porque ahora abundan los robos. -Vamos á ver, i qué cree usted que hay aquí dentro? ¿En este armario? Un hierro tosco. ¿Hierro tosco? ¡Si! ¡sil Me lo acaba de proporcionar mi sobrino y estoy loco de contento. Es, admírese usted, un trozo de rail de una vía importantísima; de la Via Láctea. -Podrá usted ordeñarlo cuando se le antoje. -No, señor; está ya completamente seco. En el mismo armario puede usted ver un bote que contiene arenas del valle de Josafat, y una cantimplora con pámpanos de la viña del Señor Ahora vamos á ver otra cosa. Usted sabrá que durante la batalla de Pavía estuvo Francisco I de Francia con el alma en un hilo. Pues bien: yo he podido consegrar ese hilo, y aquí le tiene usted perfectamente conservado. ¡Conseguir es, amigo mlol- ¿Usted creerá que lo que hay alli son dos cascotes de un templo egipcio? Pues no, señor; son dos zapatillas petrificadas, que valen un dineral precisamente porque han perdido la forma. ¿Y aquella bicicleta? -Es la que usó Calomarde en la batalla de Lepanto. Enfrente puede usted ver doce pares de calcetines de los doce Pares de Francia. ¿A calcetín por barba? -No, señor, por pie. -I Buena bandera tiene usted ahí arriba 1- ¿Por quién dirá usted que está bordada? Por Ótelo y Desdémona. ¿Y estas vasijas? ¿Por qué las tiene usted aquí? S o n de diversas épocas, é ignoro su aplicación; pero vea usted cómo se parecen á los sombreroa de copa de nuestros días. Vv. v -Es verdad, quitándoles las asa? ¿Y tiene usted momias romanas? -No, señor; no las tengo más que católicas y apostólicas. Las romanas están aún sm desempaquetar. En estas pláticas nos hallábamos cuando el truhán del sobrino futuro de D. Cástulo llamó al pobre loco y le hizo acudir á otra parte. Entretanto, el joven, algo turbado por cierto, me habló de esta manera: -Señor mió, yo no sé si habrá usted notado que D. Cástulo está de remate. Este museo es un conjunto de disparatados cachivaches, que yo le proporciono para ganar su voluntad ¿Ve usted aquella espada? Pues el buen señor cree que es la tan reputada espada de Damocles, y la he comprado yo por tres pesetas; ¿sabe usted á quién? Al portero, que fué miliciano nacional. ¿Ve usted aquella bandurria? Pues D. Cástulo está en que perteneció al rey David; pero á quien perteneció fué á un mancebo de la botica de ahí enfrente. ¿Yaquella calavera? -Es una verdadera joya para D. Cástulo. Le hicimos creer que era de la madie de Cicerón, después de comprársela al sacristán de mi pueblo por dos reales. I Quién sabe si habrá sido de algún recaudador de contribuciones! ¿Y cuánto dirá usted que le saqué á D. Cástulo por la calavera? ¡Cinco mil reales! ¿Qué le parece á usted? -Una gran calaverada. -Y aun no sabe usted lo más curioso. ¿Ve usted esos dos esqueletos que hav en la vitrina central? Pues juraría su dueño que son los limpios restos de dos inocentes criaturas de las degolladas por el rey Heredes. ¿Y qué son en realidad? -Los esqueletos de dos perros de aguas que se le murieron á la portera el año del cólera Yo no sé ya qué inventar para seguir explotando á este pobre loco, aun hallándose dispuesto á pagar á peso de oro todas las antigüedades que se le presenten. ¿Conque á peso de oro? -dije, acordándome de una preciosa ánfora griega que para nada me sirve, y que es de gran mérito por la época á que pertenece.