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i3 á eternizaba sirviendo á sus amos. En torno del brasero, que lo mismo se colocaba debajo de la camilla de faldas de verde paño, que hacía de copa esbelta delante del estrado histórico, tapizado de damasco granate ó de reps aceituna, nuestras madres aprendieron á serlo con las suyas, se discutían los asuntos de familia y se narraban las impresiones del momento; era el verdadero imán de la familia y el verdadero símbolo del hogar, embellecido por las virtudes de la madre, las canas del padre y la sumisión y respeto de los hijos. La chimenea de la corte, la chimenea elegante, no aquella ante la cual el labrador se adormece reanimado por la lumbre bienhechora, y mientras la lluvia y el viento azotan su rebaño, él sueña con los campos de espigas, con las vides cargadas de racimos, y se abandona en brazos de la esperanza; la chimenea francesa, en sus múltiples y caprichosas formas, no ha conservado nada de la chimenea de enorme y ennegrecida campana, donde los sarmientos se retuercen en medio del fuego y llamaradas azules, ni conservado las conquistas que había logrado el brasero. La chimenea de hoy ha sustituido los troncos de encina con baterías de gas, haciéndolas más limpias, pero menos poéticas; sobre la cubierta tapizada de raso seducen las mil monerías que el arte confecciona; pero al desaparecer la campana, han desaparecido con ella los pemiles y jamones, las ristras de embutidos y los garfios donde se colgaban para ir curándose por la acción del calor constante; se huye de sus caricias consoladoras, ocultándola por la pantalla japonesa; es, en suma, la menor cantidad posible de chimenea, y hasta el mármol de que se construye parece conservar eternamente la frialdad con que se la trata y se la mira. La chimenea clásica, aquella que no puede recordarse sin asociar á su recuerdo todos los detalles de ornamentación, todos los espesos tapices y pesadas armaduras, todos los arreos de batalla y caza con que mostraban su poderío y riqueza los dueños y señores de las residencias feudales, parecían estar solicitando en torno suyo relaciones de torneos y justas, de amores y guerras, de trovadores y damas misteriosas. La chimenea francesa, chiquita, marmórea, adornada con cintas y flecos, parece destinada exclusivamente á templar las gasas y tules que han de oprimir en caprichosa combinación los cuerpos de las muchachas, á entibiar el perfumado boudoir, lleno de lazos y juguetes, donde las reinas de los cotillones han de despojarse de las suaves pieles y crujientes sedas que las acariciaron: pero nada más. De una á otra chimenea puede decirse que hay tanta distancia como del hombre fornido, que se vestía de hierro y conquistaba á mandoble limpio honores, riquezas y terrenos, al alfeñique que baila valses por los salones, calzado con zapatitos de charol, y obligado por el uso del monocle á contracción eterna de los músculos de su cara. Cada edad trae sus modas y usos; pero hay que convenir en que la moderna se acredita poco con la chimenea, que por veneración y recuerdo á la que vio congregarse en su torno generaciones enteras, ha habido quien la ha hecho simbólica de una vida patriarcal que hoy tampoco existe. Quédese para cuantos hallan bueno lo líltimo con que tropiezan entonar endechas al falso hogar, que creen ver alimentado por la tenue acción de la chimenea que priva modernamente; que yo seguiré pensando que el caldeamiento de los hogares depende sólo del calor de los corazones, y á ese calor le sucede lo que los sabios dicen del sol: Que se va enfriando. C. OSSORTO Y G A L L A R D O