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LA C H I M E N E A Una niebla ligera y azulada flota obre las montañas y los bosques, y envuelve en un sudario de gasa los edifióios de las poblaciones; las hormigas han amontonado el trigo en sus graneros subterráneos, y descansan de su labor diaria; la larva duerme hasta que llegue el día de elevarse al cielo, luciendo sus alas de tornasolados colores; los nidos abandonados se balancean entre las ramas secas, haciendo pensar, como dice Bécquer, en las cunas de los niños muertos; los insectos, antes de morir, van cuidadosamente guardando los gérmenes de su nueva generación en los surcos de la tierra, como el grano de trigo sembrado en el campo germina silenciosamente y espera el instante en que la cima se dorará con los reflejos del sol; la centenaria Natura. eza hila en el rincón de su hogar copos de nieve, acerca sus transparentes manos hacia la llama, dejando caer el nudoso bastón en que se apoya, y rendida por el sueño, cerrando sus párpados; las campiñas semejan el lecho blanquísimo donde duerme la primavera, que ha de levantarse como las princesas de los cuentos de hadas, joven y hermosa, con la cabellera entrelazada de flores y los ojos centelleantes de luz al contacto de los besos del mes de Mayo; el viento huracanado hace girar rápidamente las veletas de las torres, y allá en el rinconcito de la casa, coloreando de rojo el ambiente, inundando de calor el espacio, chisporroteando alegre como las risas de los niños, brilla y conforta la chimenea consoladora. Cuando en Madrid se practicaba la tan decantada vida casera, y las señoras hacían media, y las visitas eran obsequiadas á media tarde con el pocilio de chocolate, y grandes y pequeños, al toque de Oraciones, rezaban el rosario, y la humanidad no se hallaba, en fin, tan pervertida como dicen las señoras mayores que está hoy, no había, sin embargo, la chimenea, emblema de la; vida doméstica, traído de las aldeas y de los castillos señoriales, y sí sólo el brasero de Lucena, bruñido diariamente con polvos de Segovia por la mozuela qae se