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128 ¡Cuántas otras mujeres han ahogado un suspiro de envidia ó una exclamación de despecho al notar el movimiento al percibir el lisonjero murmullo de impaciencia ó de admiración con que los cortesanos del buen tono saludan á su soberana! ¡Cuántas trocarían su existencia feliz, aunque obscura, por aquella existencia brillante, rica de vanidades satisfechas, ebria de adulaciones y desdeñosa de fáciles triunfos! La grandeza de la mujer á la moda, como todas las grandezas del mundo, tiene, sin embargo, escondida en su seno la silenciosa compensación de amargura que equilibra con el dolor las mayores felicidades. Como esos cometas luminosos que brillan una noche en el cielo y se pierden después en las tinieblas, la multitud ve pasar á la mujer á la moda, y ni sabe por dónde ha venido, ni á dónde va después que ha pasado. ¡Por dónde ha venido! Casi siempre por un camino lleno de abrojos, de tropiezos y de ansiedades. La mujer á la moda, como esas grandes ambiciones que llegan á elevarse, luchan en silencio y entre las sombras con una tenacidad increíble, y no son vistas hasta que llegan á la cúspide. Hubo un tiempo, cuando el gusto no se había aún refinado, cuando no se conocían las exquisiteces del buen tono, en que ocupaban el solio las más hermosas. De éstas puede decirse que eran reinas de derecho divino, ó lo que es igual, por gracia y merced del Supremo Hacedor, que de antemano les había ceñido la corona al darles la incomparable belleza. Hoy las cosas han vanado completamente. La revolución se ha hecho en todos los terrenos, y el camino al poder se ha abierto para todas las mujeres. El reinado de la elegancia en el mundo femenino equivale al del talento en la sociedad moderna. Es un adelanto como cualquiera otro. ÍTo obstante, al abrirse ese ancho camino á todas las legítimas ambiciones, ¡cuánto no se ha dificultado el acceso al tan deseado trono! Antes la hermosura era la ungida del Señor, y le bastaba su belleza para ser aca, tada; le bastaba mostrarse para vencer y colocarse en su rango debido. Ahora no; ahora son necesarias mil y mil condiciones. La hermosura se siente; la elegancia se discute. Adivinar el gusto de todos y de cada uno; sorprender el secreto de la fascinación; asimilarse todas las bellezas del mundo, del arte y de la industria, para hacer de su belleza una cosa especial é indefinible; crear una atmósfera de encanto, y envolver en ella y arrastrar en pos de sí una multitud frivola; ganar, en fin, á fuerza de previsión, de originalidad y talento, los sufragios individuales: he aquí la inmensa tarea que se impone la mujer que aspira á sentarse en el trono de la elegancia. Para lanzarse con algún éxito en este áspero y dificultoso camino se necesitan condiciones físicas, condiciones sociales y dé alma. La mujer á la moda no ha de ser una niña, sino una mujer; una mujer que flote alrededor de los treinta años, esa edad misteriosa de las mujeres, edad que nunca se confiesa, etapa de la vida que corre desde la iuventud á la madurez, sin más tropiezo que un cero, que salta, y del que siempre está un poco más allá ó más acá, y nunca en el punto fijo. No necesita ser jiermosa: serlo no es seguramente un inconveniente, pero le basta que parezca agradable. Es probado que debe ser rica: hasta el punto, que sus caprichos de toilette no encuentren nunca á su paso la barrera prosaica de la economía. También debe ser libre. Libre como lo es la mujer joven y viuda, ó la casada que no tiene que sujetarse á vulgares ocupaciones, y vive en el gran mundo, donde la tradición ha cortado con el cuchillo del ridículo ciertos pequeños lazos que sujetan á otras mujeres á la voluntad ajena. El talento, entendámonos bien, el talento femenino, ese talento múltiple, que aguijonea la vanidad, que es frivolo y profundo a l a vez, pronto en la percepción, más rápido aun en la síntesis, brillante y fugaz, que siente aunque no razona, que comprende aunque no define; ese talento es condición tan indispensable, que puede decirse que en ella estriban todas las demás condiciones, las cuales completa y utiliza como medios de una obra y armas para un combate. Una vez fuerte con la convicción profunda de sus méritos, la mujer que aspira á conquistar esa posición envidiada levanta un día sus ojos hasta la otra mujer que la ocupa, la mide con la vista de pies á cabeza, la reta á singular combate, y comienza uno de esos duelos de elegancia, duelo á muerte, duelo sin compasión ni misericordia, á que asisten de gozosos testigos todo un círculo dorado de gentes comme ü faut; en que se lucha con sonrisas, flores, gasas y perlas; del que salen, al fin, una con el alma desgarrada, las lágrimas del despecho en los ojos, y la ira y la amargura en el corazón, á ocultarse en el fondo de sus ya desiertos salones, mientras al otra pasea por el mundo elegante los adoradores de su rival, atados como despojos á su carro de victoria. ¡Triunfa! ¡Cuántas ansiedades, cuántos temores, cuántos prodigios de buen gusto, cuántos padecimientos físicos, cuántas angustias, cuántos insomnios quizás no le ha costado su triunfo! Y no ha concluido aún. Keina de un pueblo veleidoso, al que se impone por la fascinación, tiene que espiar á su pueblo y adivinar sus fantasías, y adelantarse á sus deseos. ¿Y para qué toda esta lucha? ¿Para qué todo este afán? Para recoger al paso frases de ese amor galante sin consecuencias, que llegan al fin á embotar los oídos; para aspirar un poco de humo de los lisonjeros, contestar con el desdén á algunas miradas de ira de envidiosas, y después, un día, caer del altar, donde va á colocarse un nuevo ídolo, ó tener forzosamente que bajar una á una sus gradas á medida que pasan los años; para abdicar, por último, una corona que ya no puede sostener. ÍTo; no suspiréis ahogando un deseo; no envidiéis su fortuna; no ambicionéis, lectoras del BLANCO Y NEGRO, ser mujer á la moda. Es un poder que pesa como todos los poderes; es un orgullo que se expía con muchos despechos, y es una felicidad de un día que se paga á veces con muchas lágrimas. E DE LÜSTONÓ.