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128 Si eso no sucede, sólo Dios sabe los gatuperios electorales que vamos á lamentar, á juicio de un candidato de oposición. -A ver- -dirá un alcalde; -los que vengan á votar, tienen que enseñarme la papeleta. ¿Y el secreto del sufragio? -No es por el secreto, sino para mirar la clase de papel en que se han impreso las candidaturas. -La ley no exige más que sea blanco. -Pues yo os juro que no admito más papel que el papel higiénico. Y no queda otro remedio más que obedecer las órdenes de la autoridad. Quien las cumple, vota una vez, y hasta se le permite repetir por haber dado gusto á los señores. Quien se opone, grita y se encocora, ¡ya se sabe! al lazareto por colérico. Probablemente las urnas serán sustituidas por tubos de ensayo; las mesas electorales alumbradas con pebeteros, donde se quemarán esencias desinfectantes, que limpien la atmósfera y rodeen á los escrutadores de un humo todo lo denso que conviene á las operaciones electorales En una palabra: ¿quién es capaz de adivinar toda la suerte de ingeniosas combinaciones á que dará lugar esta coalición de la campaña higiénica con la campaña electoral? ¿Que salen de una elección sapos y culebras? No hay que apurarse. Lo que hemos de evitar son los microbios. En materia de sapos y de culebrones, el mismo Leviatán ha de parecemos completamente inofensivo. El juicio oral de Cáceres y la vista ante el Jurado del proceso Luna han mantenido el interés del público, siempre ávido de emociones fuertes. Todavía no hemos realizado el progreso de establecer trenes baratos que conduzcan á la Audiencia de moda, ni de levantar barracones en el lugar del crimen para enseñar á real y medio las manchas de sangre auténticas y las piezas de convicción; pero todo se andará, si el público sigue honrándonos con sus favores. ¿No sabe usted el crimen del dia? -dice el lector, satisfecho con la carne fresca. ¡Á ver, á ver! exclaman los compañeros de tertulia olfateando la sangre. ¡Pues no es nada lo del ojo! ü n joven de quince años, hijo de un capitán de la reserva, acaba de matar á su padre y á su madre. Vean ustedes lo que dice el periódico: Triple parricidio ¿Cómo triple? Yo no alcanzo más que la duplicidad. Á no ser que, para ponderarlo, le llamen triple, como al anís. -No es por eso; es que el asesino cogió los dos cadáveres y los enterró debajo de una parra, ¡Oh, hijo desnaturalizado! Y ¿qué ha hecho después? ¡Pobrecillo! Ha ingresado en el Colegio de Huérfanos de la guerra; ¿ha visto usted historia más conmovedora? -Efectivamente; ni hecha de encargo. Porque ¿dónde hay nada más despreciable que un parricida? Y ¿dónde ser más interesante que un huérfano? Cualquiera sesión de juicio oral eclipsa en interés á las sesiones de Cortes más borrascosas. El público llega á interesarse por el procesado, ó por el Fiscal de S. M. ó por el Secretario de Sala, é interrumpe los debates, sin respetar la autoridad del Presidente, que amenaza despejar la sala. Por eso en la puerta de la Audiencia hay siempre mayor cola que ala puerta de la Plaza de Toros. Malo es perder la corrida. Pero perder el juicio es mucho peor, indudablemente. LUIS ROYO VILLANOVA.