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NOTAS INSTANTÁNEAS MADRID. -EL ENTIERRO DE LA SARDINA -jDónde Tamos? -Al Canal Y atropellando á todo el mundo, hundiendo sus pingos en la multitud, que les alíre paso para no mancharse, con una turba de chiquillos detrás, auUanilo con estruendo cada vez que descubren á un amigo, emperejilados ambos con sus sombreros de catite, sus fajas y sus chaquetillas, el uno rascando en la guitarra y el otro vara en mano soltando la TOZ aguardentosa, dirigense á la tradicional pradera, dispuestos á enterjar con toda solemnidad la clásica sardina. Una muchedumbre enmascarada se espaice por el lugar alzando un estruendo formidable; los colorines más extraños y chillones culebrean entre la gente; muchos de los disfrazados se han quitado la careta de cartón y muestran su rostro barbudo y áspero de artesano, sudando hilo á hilo por el tiajin: de trecho en trecho, haciendo mesas de la tierra, meriendan regocijadamente las famih as del pueblo que ejercen de público; un ejército de vendedores pulula pregonando sus mercancías, y congregando á los fieles ante su altar báquico improvisado en un carro, aquí, allí, allá escancia un tabernero el cristianado peleón á los sedientos que pasan. Para saturnallefalta al cuadro refinamiento; con aquella multitud de seres que gritan, bailan, corren, saltan, se atiopellan. se empujan, se dan bromas, no existe el sibaritismo del placer; su gozo consiste en relinchar y en echarse entre pecho y espalda una docena de tinta son ordinarios, groseros, juran á voces, sus guiñapos y sus tiznes inspiran repugnancia, pero su alegría resulta honrada y transparente; es una aglomeración de gentes que se solaza al sol, sin misterios, á la vista de todo el mundo- Tienes dinero? -le pregunta el improvisado gitano de la vara á su amigo. -Xi un céntimo Pues ellos han de beber ¿Para qué creó Dios el ingenio humano? Ea! Primer carro, primer templo E l de la guitarra preludia y el camarada, después de modular un ¡ayl que parte el alma, suelta unas coplas dirigidas al vendedor que paga la doble galantería con un vaso de vino A otra parte con la música: nueva serenatay nuevo trago Cuando caen las sombras del crepúsculo los dos gitanos, apoyándose uno en otro para guardar el equilibrio, retiranse á su tugurio destrozados, y el de la vara le dice á su compañero: ¡Sabes que hemos enterrado bien la sardina! Y el de la guitarra le responde con voz insegura: -jEs verdad, pero yo no respondo de que no resucite! ALFONSO PÉREZ NIEVA.