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lio de su rosario mugriento, y rezando serie interminable de padrenuestros y de avemarias, que interrumpe solamente para exclamar; Santa Lucía bendita les libre á ustedes de semejante trabajo: pobre ciego, hermanos; una limosnita para el pobre ciego y torna á su rezo hasta que juzga terminado el primer acto de la Comedia. Llama entonces al lazarillo, que corretea (sin acordarse para nada del ciego) por aquellos alrededores, y ciego y lazarillo (Vun conduisant Vautre) desaparecen de la calle hasta el día siguiente. A las dos de la tarde. -El ciego ya no es ciego: es un pobre lisiado; un albañil que, al caer de un andamio, quedó inutilizado para el trabajo. No lleva lazarillo, pero gasta muletas. Su mirada es suplicante, su voz humilde, su sonrisa de melancolía. Es la hora del paseo, y el pobre lisiado se acerca, á todo el correr que su cojera le permite (y le permite bastante) á las señoras que salen con sus hijas. Por amor de Dios, señorita, haga usted una caridad al pobre inutilizado; por la salud de esa niña tan hermosa, que Dios la bendiga. Y así, humilde siempre, siempre suplicante y con palabras de dolor en los labios, persigue tenaz mente á la que ha escogido por blanco de sus solicitudes. Pasada la hora del paseo, el inutilizado desaparece. Al anochecer. -Nuestro hombre ya no es lisiado, ni ciego; ve perfectamente y anda con todo desembarazo. Su rostro no es humilde, su mirada no es suplicante, no hay en su reir melancolía, ni tonos lastimeros en su voz; habla en tono duro, con ronquera en que se adivina la amenaza; su ceño fruncido, sus ademanes resueltos, son poco tranquilizadores, y les presta carácter agresivo un enorme garrote que blande el hombre, como casualmente y sin intención, cuando se dirige al descuidado transeúnte para gritarle: Caballero, oiga usted una palabra. EX agredido suele detenerse y preguntar: ¿Qué se le ofrece á usted? Socorra usted, contesta el mendigo, á un obrero sin trabajo. Nada de una bendita limosna ni de por amor de Dios ni de Dios se lo pagará que eran el repertorio del ciego en las inmediaciones de la iglesia. La terminación de este diálogo varía según el aspecto del transeúnte, y, sobre todo, según está de más ó menos transitada la calle. Si aciertan á pasar por allí algunos del Orden, que casi nunca aciertan, el actor se retira majestuoso y altivo; si lo socorren, tómala limosna y se aleja sin dar las gracias; si no lo socorren y la calle está sola, y principalmente si el transeúnte es transeunta, la solicitud de limosna puede convertirse en atraco. Pero si no llegan las Cosas á ese extremo, el pobre persigue con encarnizamiento á su víctima, golpeando fuerte en las losas de la acera con el bastón, y vociferando: ce Tengo hambre! ¡Tengo mucha hambre! A media noche. -A estas horas la metamorfosis es completa: desde el gusano, ó sea el pobre ciego que rezaba el rosario á lá puerta del templo, y pedía una bendita limosna por el amor de Dios, encomendando á Santa Lucía el pago de la deuda, hasta la mariposa, ó sea el ladrón que exige al trasnochador desapercibido que le entregue cuanto lleva, hay un ciclo de existencias. El mendigo de la media noche es el malhechor clásico: chaqueta corta, gorra á lo rata, mirada feroz, voz vinosa, y navaja en ristre, que ha reemplazado al rosario del ciego, á las muletas del lisiado y al garrote del obrero sin trabajo. Ya sé, y lo declaro en honra de los pobres, que no son todos unos y que aun hay clases; pero de que he visto á ese pobre hombre representar esos cuatro papeles, casi respondería; si bien no me atrevo á jurarlo, porque hay viles falsificadores. Compréndase, no obstante, que si cada mendigo representa cuatro mendigos, los pobres verdaderos y legítimos vienen áser la cuarta parte de los que piden limosna ó la exigen, según las circunstancia; s de lugar y tiempo. Veremos si ahora los protectores de los pobres logran -y no será poco lograr- -que los verdaderos disminuyan y desaparezcan los falsos. A. S Á N C H E Z P É R E Z