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LOS POBRES DEL DÍA Eso es; os pobres del día y de la noche; sobre todo de la nocbe, porque en el silencio y en la obscuridad y especialmente en calles solitarias, suelen presentar sus rasgos más característicos. Son, por regla general, los pobres, artistas modestos, que desdeñan la ostentación y no solicitan el aplauso dé las muoheduínbres. Y hay entre ellos tipos muy curiosos, de cuyos retratos podría sacar partido un dibujante perspicaz para una galería que llevase por titulo Nuestros mendigos; tan curiosa, por lo menos, como las que se forman ahora con las caricaturas de Nuestros artistas, Nuestros poetas cómicos, Nuestros dramaturgos, Nuestros políticos, etc. etc. Nuestros pobres (excluyo por hoy á los pobres: de espíritu) son muchos, cada vez más; lo cual demuestra que entre nosotros cunde la caridad, ó se desarrolla la miseria; esto último alarma, lo primero consuela; es muy posible que demuestre á un tiempo mismo lo uno y lo otro; conque dicho se está que irán juntos siempre la alarma y el consuelo. Muchos se dedican al oficio de pobres, luego hay indudablemente muchas personas caritativas; porque donde no hay quien dé limosna, la mendicidad no prosperaj y entre nosotros nadie puede negar, si habla Sinceramente, que el número de mendigos aumenta de día en día. Aunque- -no vayan ustedes á figurarse- -tal vez sea a menos de los que parecen, porque yo tengo para mí que algunos pobres representan, en el transcurso del mismo día, diferentes papeles. ¡Oh I y suelen ser comediantes consumados; qUe ¡maraño para nuestros actores famosos, si no engañan al hombre de más suspicacia! Conozco un pobre, y de fijo lo conocerán ustedes también (si bien es posiWe que solamente lo conozcan en uno de sus diferentes aspectos) que experimenta durante el día varias metamorfosis. A las siete de la mañana: se sitúa en las inmediaciones de una iglesia; hace de ciego. N o y parece ciego de verdad. Dudo que ni Coqunlin, ni Mario, ni Vico, consiguiesen imitar, en medio de la calle y á la luz del día, la ceguera como mi conocido la representa. Con cara triste, con voz apagada, inmóvil en su sitio, como si no supiera dar un paso sin ser guiado, ocupa horas y horas, pasando las cuentas