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108 eos, se encuentra de pronto con media docena de caballeros que recorren las mesas como si estuvieran en país conquistado. Son los candidatos, que han oído hablar de su pleito y vienen á traer los papeles. -Hola, amigo- le dicen á uno; ¿usté es el nuevo primer oficial? -Para servir á usted. -Le habrán traído aquí por la ley de sargentos. -No, señor; yo soy oficial, pero no de la clase de tropa. -Bueno, pues yo vengo á decirle á usté que el alcalde de Zalamea es malísimo. ¿Es con D. Pedro Calderón de la Barca coa quien tengo el honor de hablar? -Déjese usté de Calderones y atienda á mi asunto: hay que quitar á ese alcalde y poner á este señor en su lugar; usté verá de encontrar el medio. -Hombre, ahora no, pero en cuanto dividamos al alcalde, encontraremos el medio en seguida. La lucha, como digo, ha pasado de los grandes centros á los lugares y villorrios, ya arreglados á gusto del consumidor. -Os emplazo- -dice el candidato- -para el 5 del mes que viene, día de las elecciones. Podéis azufrar las pipas, las cubas y los toneles. -Todos nos aaufrarenios, pierda usté cuidiao. -Y como las elecciones vienen á caer en mitad de la Cuaresma, yo prometo sacaros bula y adelantaros la Pascua para ese día. ¡Viva el Diputado! -gritan los electores; ¡viva el genuino, el verdadero, el legítimo Diputado; el único que se atreve á hacernos la Pascua! A América ha llegado un buque cargado de De infinidad de cosas, porque en España no van á quedar más que las paredes, una vez despachados á Chicago los envíos que se preparan. Ciérranáe las Exposiciones históricas, y á la concienzuda labor de los arqueólogos sustituj e el trabajo no menos dificultoso de los embaladores. -Hoy encajonamos á seis Veraguas- -decía un carpintero. -Ya me figuraba yo que el palacio de las Exposiciones vendría á parar en eso. ¿En qué? -Eu una plaza de toros. -Ño, hombre; si lo que haremos esta tarde es poner en una caja media docena de retratos de Colón. Aquellas salas, antes habitadas por nuestros primeros ídolos aztecas, por las más ilustres momias americanas y por todo un pedrisco de reliquias etnográficas, se van quedando á solas con los celadores y los civiles del 14. tercio. Ha habido sus luchas antes de cerrarse la Exposición. Algunos querían que permaneciese abierta por los siglos de los siglos; otros que se cerrara sin perder minuto, antes de que se apelillara él bisonte grande. Por fin entraron los carpinteros, y, como es natural, el combate quedó en tablas. Poco apoco van quedando vacías las vitrinas y desnudas las paredes; dentro de algunos días, ¿qué restará de aquellas civilizaciones? Los civiles nada más, y las norias que pusieron en las puertas de entrada. Con el esmero y el cuidado posible, eriabalaban el otro día uno de los maniquíes americanos que han figurado en la Exposición. ¿Quién es ese caballero? -Un cacique indio- -respondió el embalador, ajustando las tablas. ¡Un caciqus! Debía habérmelo figurado. ¿Sí, eh? -Sí, señor; al verlo encasillar. Luis ROYO VILLANOVA.