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A OCHO DÍAS VISTA La llama del genio y los fuegos fatuos. -Noche de Difuntos. -La forma poética. Período electoral. -La tregua en las oficinas. -Su Alteza el Candidato. -La Pascua en los pueblos. ¡A Cliicago! -Exposiciones Históricas. Los últimos encasillados. Como al extinguirse lá inmensa y abrasadora llama brotan de la pavesa infinidad de chispas que ni duran, ni alumbran, ni queman, así al apagarse el genio de Zorrilla han surgido los vates y las poesias de ocasión, dejando una humareda y un olor á quemado, que tardará en desaparecer de la prensa y de las sociedades literarias. Más bien que el sentimiento de las estrellas menores al desaparecer del astro rey, parecía esto la algarabía de los escolares al contemplar desierta y vacía la silla del maestro. Fuimos muy pocos los que volvimos la péñola á la funerala. Y claro es que si alguno, dudando de la misma realidad, creía vivo aún á Zorrilla leyéndole en sus obras, al presenciar las vueltas, tornas y revueltas de tanto fuego fatuo, volvió los ojos á la realidad y exclamó: -rYa no cabe duda; el vate está en el cementerio. Se habló y se dijo tanto del Tenorio, que llegamos á sospechar si la noche de Difuntos se habría adelantado once meses. Y acaso sea verdad, al menos para la poesía española. Más ómehoá tarde terminará, al fin, la presente batuda poética, y entonces será cosa de cantar el gran Réquiem á los renglones cortos. Porque, no cabe duda, muerto Zbrrilla, es hora ya de contestar afirmativamente á la famosa pregunta que nos llevó tanto tiempo intrigados: -La forma poética, ¿está llamada á desaparecer? Se abrió el período electoral, dicho sea para tranquilidad y sosiego de los empleados públicos. Terminó, por fin, aquel incesante revolver en los expedientes, aquel nervioso desatar balduques, aquel continuo desempolvar carpetas. Empezó la tregua de Dios (de Dios guarde á usted muchos años) y ya no se pueden decretar nombramientos, cesantías, separaciones, suspensiones ni cosa que lo valga. Los candidatos se tiran á mataar después de trastear de muleta á los electores en las oficinas del Estado. -Yo vengo- -dice uno- -sobre el expediente de Navalmoral. ¡Pues no se ha subido usted poco alto! -Quiero decir, que vengo á ver si eso se resuelve como yo deseo. -No sé decirle á usted; la cosa está allá, en el Ministerio. -Mi gozo en un pozo, porque ai le tienen allí, le habrán tumbado. -No lo creo; si lo hubieran tumbado, llegaría hasta aquí. Y, además, caballero, no podríamos hacer nada; recuerde usted que ha empezado el período electoral. T- Caramba! Lo siento, porque yo quería quitarme de en medio á media docena de alcaldes; -Si no son más que media docena, quizá podamos hacer algo; pero me admírala modestia de usted. El candidato que menos, se ha traído una lista de cincuenta municipios, setenta a, lealdes y varios secretarios, para hacer boca. -Lo creo; pero yo S 03 nuevo en la política, ¿sabe usté? no tengo todavía suficientes agallas para dedicarme al comercio al por mayor. El pobre oficinista que se hace la ilusión de no tener sobre él más que á sus superiores jerárqui-