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ZORRIIiIiH UNA CONFERENCIA, UNA ANÉCDOTA Y UN RECUERDO DE GRATITUD Confieso con ingenuidad que es para mí satisfacción grandísima a bonra que me proporciona el Sr. Director de BLANCO Y NBGKO con su invitación para que escriba unas lineas en homenaje al gran poeta nacional que acaba de morir. Pero líbreme Dios de la presunción de cm. piaiar la lira para entonar ditirambos. á su gloriosa memoria. Va lo hicieron casi todos los que podían hacerlo, y muchos, muchísimos de los que no debieron intentarlo jamás. Á Zorrilla no se le canta, se le llora; muerto él, son muy pocos, poquísimos, los que pueden tener el atrevimiento de cantarle. Todos han hablado del genio de Zorrilla, de su fantasía, de su inspiración verdaderamente portentosa; yo quiero hablar de su corazón, de sus bondades, de sus coudiciones de leal y cariñosísimo amigo. Sólo en este sentido me atrevo á asociar mi humilde nombre al suyo glorioso, para que su bondad resulte más clara y más patente, pues cuanto más insignificante es el favorecido, más grande y magnánimo resulta el favorecedor. Pero antes de dar este testimonio de mi gratitud á Zorrilla, voy á referir una anécdota que escuché de sus mismos labios hace ya muchos años, el 1879. Visitaba yo por primera vez al gran poeta, satisfaciendo con aquella visita uno de los anhelos más grandes de mi juventud; referde cómo teniendo apenas doce años había hecho, con otros muohachuelos de mi calaña, el Don, Juan Tenorio en un viejo y derruido molino de mi pueblo, y cómo aquella representación me habla custado una gran tollina materna, pues, entusiasmado con los versos, había olvidado la escuela, la comida y hasta la cafa; y animado con la benévola y afectuosa acogida que aquel hombre, para mi sublime, habla tenido la bondad de hacerme, me decidí- -sin duda presintiendo mis futuros trabajos- -á hacerle una interview, como ahora ridiculamente se dice. Refirióme infiaidad de detalles acerca de su vida en Méjico, en París, en Koma y en España, y habiéndole yo del cariño que en todas partes le tenían, me dijo; -Kse es mi mayor orgullo, mi gran satisfacción; -y con alegría verdaderamente infantil me refirió el siguiente suceso: -uHace ya algunos años, cuando los últimos sucesos de Gracia, hallábame yo en Barcelona, y un día, ya cerca del anochecer, me dirigí, llevando del brazo á mi señora, á la primera de dichas poblaciones, donde residíamos. B 1 pánico era extraordinario; no pasaba nadie de un punto á otro; las calles estaban desiertas, pues se esperaban su, cesos graves. Del lado de Barcelona los carabineros se hallaban preparados para castigar. á los sublevados, y éstos, del lado de Gra- cia, estaban ansiosos de comenzar el ataque. B 1 aspecto era terrible, amenazador; pero yo quería llegar á Gracia, y atravesé impávido las líneas, apegar de los ruegos de mi mujer, que me instaba para que nos quedásemos en Barcelona. El jefe de los carabineros, al conocerme, me dejó libro el paso, expresando el temor de que no hiciesen lo propio los insurrectos. Efectivamente, éstos, al verme llegar, me recibieron en actitud hostil, y destacaron cinco individuos á informarse de quién era yo y qué deseaba. olS o hay que í Sustarse- -les dije, -sólo quiero pa ar á Gracia; soy el que ba escrito el Don Jvan Tenorio. É instantáneamente se quitaron el sombrero y me acompañaron á través de los grupos armados, por entre los cuales pasé sin novedad. Desde aquel día, no sólo fui admirador d í Zorrilla, sim verdadero amigo suyo, amistad que sus bondades y sus atenciones por una paite, y mi respeto y consiileración al gran hombre por otra, hicieron arraigarse y crecer. Andando el tiempo, llegó. un d a de verdadera angu itia para mí. Los Tribunales me liabion condenado por un delito de imprenta á cuatro años de prisión, y yo, que no era de la opinión del Tribunal, preferí la emigración al Ahanieo, y me escapé á París. Pocos amigos verdaderos quedan en tales ocasiones. De cuantos personajes conocía, sólo un ex ministro, cuyo nombre callo por no herir sumodestia, pero al cual guardo gratitud eterna, me dijo; -Dígame usted lo (ue necesita. Soj pobre, pero por ayudarle venderé hasta los muebles de mi casa. Y estoy scgaro de que lo hubiera hecho. De estos pocos amigos buenos fué el gran Zorrilla, que en su bondad se dignó acordarse del amigo pobre, humilde y emigrado. Zorrilla estaba entonces en Valladolid, y yo nada le habia comunicado; pero no pasó mucho tiempo de mi estancia en Paris cuando recibí de Zorrilla una carta, que guardo como valiosísima joya, en la cual, á vuelta de otros muchos detalles, me decía: (Mi queridísimo amigo Soldevilla; Supe su condena y he preguntado por usted iuálilmente. Hoy tengo una gran alegría al saber de usted. Me llegaron á decir que hab a sido usted conducido á la cárcel de Serranos de Valencia, y estaba dispuesto á verme por usted con el Ministro de Gracia y. Tusticia ó con quien fuere necesario. Dígame usted qué es lo que ha hecho ó escrito, y cuente conmigo para cuanto pueda, para hacer lo que á usted le convenga. BAdiós: vea en qué puedo servirle, y cuente con su viejo amigo, Jóíe ZijrriHa. La alegría y la emoción que aquella carta me produjo son indescriptibles. Aun hoy la repaso con lágrimas en los ojos,