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queman y degüellan los contrabandistas; los ingleses, no pudiendo sufrir aquella avalancha de patriotas, que vomitan hierro y rabia, entregan la plaza, y Gibraltar vuelve al regazo de la madre patria. A todo esto, el semblante del anglófobo Orejotas se había iluminado con un rojo de fuego; sus ojos parecían carbunclos y su acción era enérgica y contundente. ¡Si fuera yo. Ministro de la Guerra- -proseguía el bigotudo mancebo, ya verían si la cosa es fácil ó imposible! ¡Como no hubiera en el mundo más que sablacear ingleses y volver á la Patria lo que le usurparon traidoramente! Los vecinos de cama de Covarrubias mirábamos de reojo la actitud y el brío adoptados en su discurso; estudiaban los más en medio de absoluto silencio, reíamos los menos, al observar que el oficial de servicio, un cola de malas pulgas, á quien llamábamos Caifas, avanzaba en derechura del patriotero, con ánimo decidido y contento, como aquel que tiene á la mano la pieza cazada con fatigas. Fué de ver el lance. El señor de (faifas, con voz triunfadora y gozosa, gritó luego de llegar al pie de la cama de Covarrubias: ¡Señor mío, pasará usted á la corrección! -Está bien, mi teniente- -replicó con tono de sufrimiento heroico el gentil y soñador cadete. El dúo entonado por superior é inferior, suspendió á los ochenta ó cien camaradas que bajo el alto y desmesurado techo vivíamos. Si silencio había de ordinario en la sala, más silencio se hizo una vez terminada la brava y desigual contienda. Sólo se oía el crujir de los zapatos del teniente al compás mismo de sus pisadas, y el taconeo de Orejotas, que, con el petate bajo el brazo, marchaba altivo y marcial hacia su encierro, estimando r. icionalmente que la causa de su castigo era un timbre para su historia escolar. Dormía todo el mundo en el inmenso establecimiento; sólo la guardia de prevención y algún qne otro imaginaria vigilaban con harto desmadejamiento y tedio. Allá en el cuarto de prevención, Orejotas, á la luz de unos cabos de vela que mañosamente guardaba, oía sonarlas horas entretenido con las figuras geométricas y lleno de santa rabia por aquel arresto inopinado y tremendo. ¡Mire usted que verme yo aquí por lo que me veo! -decía el inocentón mirando á la sombra que proyectaba su cuerpo. ¡Por vida de la milicia y de Caifas! Proseguía el batallador cadete en sus furias y cuitas, y de cuando en cuando reanudaba sus sueños conquistadores. -Nada- -repetía una y cien veces, -no hay quien me quite que es pan comido esto de Gibraltar. Porque es lo que yo digo: aquí la escuadra (y colocaba el cabo de vela) más allá los torpederos (y ponía una cajetilla de cigarros) en este punto los cazadores (marcando con el jarro del agua) desde allá el tiro de obús Y en esto apareció por la puerta el capitán de guardia con ¡el cabo de la ronda, acompañado de un farol y de pésimo talante. ¿Qué hace usted, señor de Covarrubias? -Mi capitán, francamente, estaba viendo la facilidad con que yo me deshacía de ingleses, si me nombraran Ministro de la Guerra. ¿Sí, eh? Pues mire usted apague la luz, duerma, y sobre el castigo que le hayan impuesto, le recargo cinco días, y ¡ojo con los ingleses! El misero Orejotas apagó humildemente la vela, y rebujándose entre las mantas de su camastro, lanzó algún venablo y varios suspiros rabiosos, mientras intercalaba entre uno y otros frases de este jaez y color: -Está visto; aquí, al que chista lo chafan y encarcelan. Tendremos que sufrir á Gibraltar y á los ingleses hasta que crujan los bolsillos de algunos ó á mí me hagan Ministro de la Guerra! JOSÉ I B Á Ñ E Z MARÍN.