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66 con una constancia verdaderamente yankée; la celebridad, que casi siempre es la muerte del entusiasmo, no ha disminuido lo más mínimo en él; su amor al bisturí y sus enfermos le roban de tal modo el tiempo, que no dispone de un minuto libre. D e aquí su costumbre de enterarse de los sucesos del día mientras almuerza, convirtiendo en atril las botellas del agua y del vino; la higiene truena contra tal uso, pero sin duda el médico insigne es de la secta de aquel cura que predicaba á sus feligreses: Haced lo que yo os diga y no lo que yo haga. Cuando concluye don Federico el último plato, le resta siempre lectura, y encendiendo un puro, deja el comedor por el despacho y se traslada á su frailero cargado con sus periódicos. Don Federico Rubio tiene dos grandes pasiones: la pintura y la caza. Consecuencia de su decidido culto por el arte es la nota singular de su despacho. Yo confieso que esperaba encontrarme en la estancia un arsenal de instrumentos quirúrgicos, y hasta había colocado, mentalmente, en un rincón un esqueleto engarzado con alambre; y en lugar de semejante aparato me hallé con un despacho á la moderna, elegantísimo, decorado con profusión de objetos y multitud de cuadros, y con el aspecto más bien de un salón de duque. E n lienzos posee el ilustre cirujano un tesoro; recuerdo, entre otros, cuatro Murillos de sus dos épocas, y un Greco; la colección de D. Federico es muy numerosa, ocupa tres ó cuatro habitaciones, y oyéndole el análisis de cada uno de los óleos, en sí, en su valor intrínseco y con relación á la época en que fueron creados, se echa de ver hasta qué punto es inteligente en la materia el ilustre doctor. La escopeta comparte con el pincel la supremacía en el ánimo de D. Federico. Murillo y el Greco no son solos; tienen un compañero de famoso é histórico nombre: Gante. Como en la vida del cantor de Beatriz el de Gubbio, ejerce en la del doctor este Gante una decisiva influencia. En cuanto el gran operador atrapa unos días de asueto y prepara los cartuchos y la canana, Gante s. LC iáe las pintadas orejas, ladra con alegría y se dispone á galopar por entre los lentiscos. El perro ha envejecido á la vez que el amo; pero, sin embargo, los conejos ya saben con quiénes se las han, y no ignoran qué puntos alcanza la puntería del médico y las patas del tuso. Cuando Rubio está enfermo. Gante no se aparta de la cama; á la vez, apenas se manifiesta Gante malo, manda aviso su dueño al veterinario para que venga á visitarle. Los cuadros me revelaron por fin, en mi visita, lo que yo echaba de menos. D e uno en otro, guiado por mi amigo ilustre, cuando no lo esperaba, penetramos de pronto en una estancia espaciosa, que me hizo detenerme con algo de calofrío H e ahí el gabinete de operaciones. Frente al balcón, un enorme sillón de cirugía, tétrico y terrible, que acaso pusiera los pelos de punta si hablara, y que parece como que tiende sus brazos en cuanto entra gente; colgando del techo un aparato norteamericano para extirpar la joroba, perfeccionado por Rubio; en un gigantesco atril un tremendo infolio; por donde Autógrafo inédita de D. Federico Rubio. quiera que se tiendan los ojos, instru t A x mentos de cortar Lo imaginado ane y A. r) r- -A- a tes de verlo una cámara de la Inquii ¿íy A X j 5 2. Xr- C J O- sición. u. Á A ¿á- y ¡í U n detalle final interesante. La mesa A. A jíL de despacho de D Federico Rubio, una mesa torneada y antigua, es la misma que usó en vida el célebre no-