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82 iii reloj de pared, y, pendientes délos miiros, varias coronas de laurel con sus anchas cintas de seda colgando: ni más ni menos Encima de la mesa y sobre el asiento un diluvio de papeles, que de cuando en cuando se llevan por delante las señoras de la familia, y que, cual si las cartas se multiplicaran y reprodujeran por generación espontánea, torna á los pocos días á invadir de nuevo la estancia diminuta; completa el mueblaje, contrastando con la ministra respetable y el repujado tintero, y colocada junto al balcón del cuarto en uno de sus ángulos, una mesita supletoria cubierta por un tapete grana, con un reloj de bolsillo en un estuche de terciopelo y un santo Cristo pintado al óleo sobre tabla, apoyado en la parte superior dé la relojera y en el tabique. Con solo echar una ojeada á la mesa de Zorrilla se adivina su labor incesante. Encima de la carpeta hay siempre im cuadernillo de papel de barba, las páginas del cual divide en dos el vate con una línea de tinta, no por gala, como el rubí de Espronceda, sino para economizarse los blancos Allí, con una manta por los pies y metido en su gabán, se pasa D. José las horas y los días escribiendo versos ó reuniendo apuntes para sus semblanzas poéticas de las provincias españolas, joyas inestimables destinadas El Liberal En semejantes tareas y con el fin de no tenerse que levantar á cada instante, amontona el ilustre literato en el baríquetón los libros de consulta; y de tal suerte, con sólo alargar la mano se trae á la mesita el volumen que le es necesario hojear La reputación de Zorrilla ha salvado las fronteras, y su nombre es conocidísimo, no ya en la América latina donde se habla el castellano, sino en el resto de Europa. Víctor Hugo vivía en sus últimos tiempos con esplendidez, como un banquero, gozando de su riqueza... Cuál no sería el asombro de los cultos literatos franceses si les trajéramos á este modesto piso de la calle de Santa Teresa, é introduciéndoles en su humilde despachito de estudiante, les dijéramos, mostrándoles la venerable silueta de D. José: ¡he ahí nuestro gran poeta nacional cubierto de gloria, pero teniendo que trabajar para comer á los setenta y seis años! Los tumores de su cabeza, que le impiden cubrirse con holgura, y la enfermedad permanente de su esposa, retiénenle siempre en su casa á Zorrilla El despachito de las coronas será testigo y confidente de las postrimerías de su juventud y de sus últimas soledades El autor de Don Juan es hombre de peregrino ingenio, y dice con muchísima gracia cuando le hablan de su edad y de sus encerronas: ¡Me aburro! Dios me ha regalado diez años de vida, y la verdad es que no sé qué hacer de ellos... ¡No está olvidado, sin embargo, no! La necesidad de permanecer en la brecha mantiene alejados á muchos; pero el pueblo español, siempre vehemente y entusiasta por su poeta, no sólo le admira, sino que le adora. Escrita mi anterior semblaza, la muerte ha pasado por el simpático despachito de estudiante de la calle de Santa Teresa Zorrilla ha partido de entre nosotros para siempre El que yo dejé anciano animoso y vibrante es hoy un cadáver, duerme el eterno sueño Todos nuesAUTÓGRAFO. tros grandes ingenios han llorado su pérdida A trazar una nueva necrología he preferido dejar íntegra la última impresión recibida del poeta vivo; y así, mientras dure la lectura de mis humildes líneas, obsesionados por una dulce ilusión nacida del cariño al gran poeta, creeremos todos ¡aun yo mismo, que las vertí de la pluma, que Zorrilla se encuentra aún entre nosotros! i T t y JrAN Luis LEÓN. é Of