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60 lana, hasta Ilegal á la sexta edición; franelas sobre franelas, cinco bufandas y capuchas, sendas botas de fieltro subiendo hasta medio muslo, guantes espesamente forrados, pelliza que era más bien una impenetrable coraza de pelo, la cabeza encasquetada en un gorro de astrakán gris cubriendo la nuca, las orejas y la frente. Asi deben pertrecharse, se me figura á mi, los que van al Polo K orte. Nada de esto estaba de más. Trocamos la troika moscovita por un tosco trineo de aldeano, y tumbados como D i o s nos dio á entender sobre la paja más ó menos seca, único cojín de este vehículo primitivoi fuimos transportados á poca distanciaáelbosque. Allí nos apostamos cada uno d e t r á s de una especie de parapeto formado por ramas cubiertas de nieve, y aguardamos al oso No se imaginen ustedes que en Rusia los osos, los ciervos, los lobos y los zorros, se prodigan hasta el extremo que basta con saür al campo para dar con ellos. El oso, en particular, asustadizo de suyo y remolón, no es un animal errante y vagabundo; á pesar de la soberbia piel de que le dotó lanaturaleza, huye del frío, y gusta de solazarse en el seno de sus cavernas, de donde no le sacan más que el hambre voraz ó la persecución de los ojeadores. Eran estos últimos de la casta de los mvjiclis, esos aldeanos rusos sobrios, pacientes, resignados, que resuelven todos los problemas haciendo la señal de la cruz al revés, y que después de haber engullido por toda pitanza un plato de col agria ó dos pepinos, acompañados de un pan negro como la pez, se deshacen en muestras de gratitud al Dios todopoderoso Con la mejor buena fe del mundo, nuestros mujicks ojeadores, provistos de largos patines y de palos, corrían de un lado para otro gesticulando y dando voces para encaminar hacia nosotros las reses. Y nosotros aguardábamos siempre firmes en los puestos. Pero los osos no parecían, y el día, tan corto en Eusia en el invierno, avanzaba. Yo no sé por qué fenómeno inexplicable no me convertí en sorbete. Por fin un oso pasó por delante déla línea de cazadores, un pobre animal joven, tímido, que huía cual alma que lleva el diablo. Algunos minutos despides, como siguiendo las huellas del pre cedente, vino otro, más osado, viejo al parecer, y que según todas las trazas debía haber ya recibido el bautismo de fuego. Al cabo de un corto intervalo, un tercer cuadrúpedo se ofreció como blanco á nuestras escopetas; era más obscuro y presentaba mejor aspecto que sus predecesores. Tres osos aceptaron este paseo á que los ojeadores les invitaron, y los tres pagaron cara su imprudencia. Quien l a p a g ó más cara fuimos nosotros; porque en este país, el papel de cazador no se desempeña impunemente A individuos espeoialesque tienen la misión de descubrir la guarida de los osos, se les paga una cantidad alzada por cada animalito detan respetable familia que se pone á tiro; de modo que cada balazo, hiera ó no al oso, suele costar al que lo envía de lUO á 15 lublos, esto es, que basta con que uno apriete el gatillo para tener luego que aflojar la bolsa. Una cacería de este género, comprendiendo lo que se abona al denunciador de la res, á los ojeadores por las troikas, trineos de campo, provisiones y todos los demás gastos inherentes á la expedición, viene á representar un desembolso de 300 rublos larguitos de cola, ó sean unos 1.000 francos; no digo pesetas, porque en esta tierra no tiene curso nuestra moneda. De las cacerías rusas puede decirse lo que los antiguos decían del viaje á Corinto. La sal y pimienta de las cacerías está en los pequeños lances y menudos incidentes á que ellas dan lugar. Si os los refiriera, no diría nada nuevo á los cazadores; y los que no lo son, leerían mi relato con desconfianza. Lo particular en esta índole de pasatiempo es que lo que parece esencial queda en segundo término; la peripecias secundarias é imprevistas lo absorben todo, y los hechos se disipan al lado de las impresiones. Metidos en nuestras troikas de lujo, después de habernos despojado de los forros y envoltorios de que os hablé antes, regresamos á Moscou cerca de media noche, muy contentos de semejante jornada, y casi orgullosos de las proezas que acabábamos de llevar á efecto, pues de lo que ninguno se ocupaba era del modo capcioso y rastrero como habíamos enviado nuestros proyectiles al cuerpo de aquellos animalitos, que después de todo no aspiraban sino á que se les dejase en paz en el fondo de sus cuevas. QUITO.