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54- -Bueno, no se enfade usted, D. Demetrio- -replicó el presidente de la Corporación municipal, -que se haga lo que sea justo. ¿Dice usted- -preguntó el síndico- -que ese señor viene de Madrid con su esposa? Pues entonces ya han llegado. ¿Sí? -Anoche en el tren de las ocho. ¡Rediós! -Y están en la fonda de D. Aquilino. -Pues, nada; hay que obsequiarle. III A las nueve de la noche, cuando el matrimonio había comenzado á conciliar el sueño, se dejó oir en la calle un ruido horroroso. Era que la música del pueblo obsequiaba á los forasteros con una serenata. ¡Eh, caballero, señora! -gritó Balbino, dando puñetazos en la puerta de la alcoba. -Levantensen ustedes, que está la música en la calle. -Ya hemos oído- -contestó el esposo. -Viene á obsequiar á ustedes de parte del Ayuntamiento. El matrimonio se sentó en la cama sorprendido. ¡Qué gente más atenta! -exclamó la señora. -Como somos de Madriz, se conoce que no saben qué hacerse con nosotros. -Pues hay que levantarse. ¡Naturalmente! Ponte la levita y las botas de charol, para que vean que tenemos de todo. Yo no sé si ponerme el sombrero de raso. So estaría de más. La música seguía ensordeciendo al vecindario con sus acordes rabiosos. Marido y mujer se dirigieron al comedor, llenos de orgullo, y allí les esperaba otra sorpresa: una Comisión del Municipio, presidida por I) Demetrio, el sabio, salió á recibirles haciendo profundas reverencias. -Tengo la honra- -dijo D. Demetrio con voz campanuda- -de saludar á ustedes, ofreciéndoles, en nombre del Municipio de Yillachata, el testimonio de nuestra consideración.